Periodismo impreso, música y cine, tres caras análogas de una situación cambiante

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
Juan Pablo Mateos
Juan Pablo Mateos
Le Monde, uno de los periódicos franceses de referencia, pierde lectores por momentos, hasta llegar a perder más de 46.000 en seis años.
Sin embargo, su edición On-line gana dinero cada año y su curva de beneficio se incrementa sin detenerse cada nuevo balance. El periódico digital cubre los “platos rotos” del diario impreso, siendo un ejemplo cada vez más usual en los medios actuales. Así mismo, “20Minutos” España invierte la totalidad de sus beneficios en papel en el medio On-line, posponiendo la edición impresa a otros menesteres, cada vez más anquilosados, estáticos y estériles.

Cierto es que los agoreros del papel hicieron su agosto pronosticando un proceso que resulta más lento de lo que previeron. Pero ello no impide reconocer que el suceso se está produciendo; los cambios históricos tienen un flujo que define unas fases difícilmente predecibles con exactitud, pero los síntomas son fácilmente discernibles para cualquier avezado estudioso de la comunicación de masas. Incluso noveles en el conocimiento de los medios, aciertan a comprobar cómo lo que antes era una obviedad: comprar el periódico los domingos, pasa a convertirse en “si hace frío no salgo y lo leo en internet mientras me tomo un café”.

Estos procesos tan cotidianos reflejan las tendencias subliminales del colectivo. Cuando en un grupo editorial, un medio ha de mantener a los demás, o se venden los demás o se hunde el medio. Del mismo modo, si una edición On-Line genera beneficio dentro del mismo Grupo, y mantiene su cabecera impresa, quedan dos opciones: o se sostiene el papel con el digital hasta que el tránsito se produzca de forma definitiva (cuestión de tiempo), o se tira por la calle de en medio y se vende la división de papel, como han hecho algunas editoriales americanas y canadienses, cuyo lector adolescente adolecía, propiamente dicho, del formato impreso y renegaba de él.

Pero el cine y la música demuestran que el cambio afecta a todas las áreas multimedia. EMI, la productora musical con más arraigo y abolengo del Reino Unido, empieza a recortar plantilla con tijera gorda, debido a que la música descargada de Internet cada vez muerde con más virulencia a las tiradas de CD,s y DVD,s en formato físico. La gente ya tiene más interés en asistir a los conciertos que en comprarse el último lanzamiento. Puesto que lo único que vence a bajarse el audio de Internet es ver a su estrella favorita en carne y hueso
Los guionistas de cine empiezan a dañar la estructura de la mayor productora audiovisual del mundo, Hollywood, reclamando derechos que, independientemente de su justicia o sentido de la oportunidad, afectan de forma grave a la inversión en películas, a las Galas –los Globos de Oro se han enviado por tarjeta y la huelga ya amenaza a los Oscars- y finalmente a la maquinaria de distribución y producción. Sin duda, si los ataques de la piratería no hubieran afectado tanto a esta industria, por medio de la copia o de la descarga en Internet. La situación de las productoras habría sido más fuerte para soportar el envite.

Todo esto lleva a que hay una piedra angular en el desequilibrio de los tres sectores: Internet. Es la piedra de toque que está desestabilizando el mercado del ocio contemporáneo. Internet cambia los modos de pensar, de comerciar y de sentir. Su crecimiento y velocidad superan todas las previsiones, todos quiere estar y ser participes, visualizando un mundo paralelo a la realidad de cada día. Internet engloba la totalidad del ocio audiovisual y escrito del futuro.

Pero ¿qué es Internet?, no es más que la ramificación interminable de los sentidos del hombre y su riqueza intelectual: conocimientos, sonidos e imágenes. Ni más ni menos. Con todo, eso representa la práctica conjunción de sus necesidades emocionales y somáticas. Leer, escribir, ver o escuchar, son sentidos potenciados que llenan metas abstractas. El arte, como la ciencia de lo inútil, convierte a internet en millones de puentes que transmiten el inútil arte de escuchar la mejor canción, ver la mejor película, leer la mejor novela o, más allá de eso, alcanzar cualquier conocimiento. El arte enlatado y envasado en pantallas luminiscentes de uso gratuito y masivo, la democracia de los sentidos y las pretensiones que deja bajas colaterales en todas partes. Una revolución nunca fue pacífica; en Internet subyacen ya millares de víctimas sin sangre: parados, despedidos, expropiados o quebrados. Aprender a sacar el equilibrio de trabajo e inversión en el nuevo medio, es una necesidad para la sociedad, porque todo elemento que la distorsiona y beneficia a muchos afectando a otros muchos, es un desarrollo no sostenido con grandes dramas entre sus luces y sombras.

Juan Pablo Mateos Abarca
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