La crónica: una estética de la transgresión (Parte V, de V)

Jezreel Salazar // Fuente: www. razonypalabra.org.mx

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
La crónica es una obra fundamentalmente abierta. Abierta a otras voces, a otros centros narrativos, a otras interpretaciones y a otros discursos (a través de citas, fotografías, canciones, dichos populares o entrevistas), su escritura constituye un diálogo constante con lo otro. Este sentido dialógico supone un imperativo para la crónica, que necesita incluir en su interior la palabra ajena, precisa establecer una relación con la voz de otro para que su propia voz tenga sentido. La crónica se vuelve así una forma de reconocimiento: la otredad da sentido a la existencia propia; uno mismo es otro. Por ello es que podemos concebir a la crónica como una obra pública, constituida por una escritura de corte participativo.

Esta apertura de la crónica, su capacidad para cruzar fronteras e incluir al otro, también le permite vincular un proyecto estético con un imaginario político. A la par de constituirse como creación estética, la crónica posee un afán irrenunciable: ejercer una valoración sobre la conducta pública, moralizar. Esta doble función de la crónica proviene de su existencia desdoblada: la intención propiamente testimonial —el relato y descripción de los hechos—, viene acompañada de una voluntad ensayística. La crónica hace posible conjugar ambos horizontes: un proyecto de reforma a través de la creación de un universo artístico. La crónica se vuelve así un medio estético capaz de crear una totalidad autónoma perdurable al tiempo de ejercer una función crítica. En ella se puede ver cómo la crítica social y la preocupación estética dialogan, aparecen íntimamente ligadas y se sostienen mutuamente. La crónica traspasa la división tradicional entre crítica y ficción, uniendo estética y moral. De cierto modo presupone la reforma de la sociedad en ambos sentidos: el social y el espiritual. Podría decirse así que su discurso narrativo se iguala a su proyecto ideológico. Ambos se encuentran en el mismo plano; uno a otro se sostienen.

Por lo demás, la forma del relato supone cierta definición ante dos problemáticas en correlación: el lenguaje y la sociedad. La forma híbrida y fragmentaria de la crónica supone la existencia multicultural y fracturada de la vida social, así como del discurso que expresa a ésta. Su heterogeneidad escindida reproduce en la narración los conflictos que fracturan a su comunidad. Así, la crónica constituye una escritura de frontera, una escritura que busca representar la crisis y el conflicto cultural que la sociedad vive. Pero también un ejercicio de cohesión social. Si la fragmentación del espacio público ha traído consigo una fragmentación del discurso y de la conciencia que versa sobre él, el cronista buscará restablecer cierta unidad a través de una estética del fragmento. Como afirma McGee “la única forma de ‘decirlo todo’ en nuestra cultura fracturada es dar a los lectores/públicos fragmentos densos, truncados, que les sugieran a ellos un discurso terminado” (McGee, citado en Ehrenhaus, c1993: 109-110). La fragmentación del texto exige una lectura atenta que dé coherencia y sentido a los segmentos discursivos, cuya amalgama depende en buena medida del lector. La crónica aparece así como un ejercicio de sutura que ordena o cierra lo que en la realidad social se encuentra fragmentado o roto.
Para terminar quiero hacer un par de consideraciones respecto a los conflictos que supone una escritura de esta naturaleza. George Steiner plantea que una de las funciones de la crítica consiste en establecer vínculos entre las obras del pasado y el presente, de modo tal que el crítico se convierta en un intermediario y en un custodio de la verdad del momento, aquel que siempre nos recuerda que toda obra está en una relación compleja y provisional con el tiempo, una relación que cambia de acuerdo a la época y a la forma en que cada libro adquiere sentido e importancia para los vivos.

Lo mismo podría decirse respecto a cada género (entre ellos la crónica), que constituye una construcción lingüística que determina un pacto entre el lector y la obra, y cuyas funciones se transforman de acuerdo a las relaciones que establece con la realidad, siempre en movimiento, como el hombre mismo.

En ese sentido, si la crónica ha surgido como un género transgresor en los últimos años y de esa manera contribuye a esclarecer los fenómenos del “boom del testimonio” y de “la crisis de la representación”, sólo puede hacerlo temporalmente. Las funciones que tienen los géneros cambian respecto a la época y al contexto, de modo que se renuevan o se sustituyen. Es algo que ya había visto Mijail Bajtín. Por ello existe un riesgo latente en el auge que ha tenido la crónica y el testimonio en general. En la medida en que adquiera un carácter legítimo y se normalice, es decir, quede situada en el centro del espacio público y ya no en sus márgenes, la crónica irá perdiendo capacidad para transmitir los sentidos transgresores de la comunidad de la cual surge. Tal es la paradoja de todo proceso de institucionalización cultural: cuando un discurso alternativo logra abrir el espacio público para ser incluido en él, disminuye la disidencia potencial de su marginalidad frente a las formas instituidas de la sociedad. Por eso es que toda lectura de los márgenes supone una asimilación de los mismos.

Elías Canetti ha definido al escritor como “el custodio de las metamorfosis”. Desde esta perspectiva es posible pensar la tarea del cronista como la de un guardián. Aquel que se encarga de “mantener abiertos los canales de comunicación entre los hombres” (Canetti, c1974: 357) y su pasado, de modo que nuestras vidas no pierdan el vínculo con la tradición humana. De su habilidad para enfrentar a través de la escritura los nuevos retos que el mundo depara, depende que la crónica pueda reconstituirse en un espacio nuevamente liberador. El gran reto del cronista consiste así en renovar su tarea creativa de modo que pueda continuar encargándose de que la tradición no sea un corpus concluido, sino un espacio de enriquecimiento y fuente de verdades fundamentales. Su fe no puede dejar de lado la creencia de que todo proceso de crisis puede renovar un horizonte de crítica y en el mejor de los casos, anunciar un universo de creación.
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