Viva el Tabloide

Viva el Tabloide

Sergio Rego Monteiro / Fuente: www. revista-ideasonline.org

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
Yo me formé en un periódico tamaño estándar (de hoja sábana) y mi relación con los periódicos de tamaño tabloide más pequeños, consistía en mirarlos con cierto desprecio. En mi opinión, había una correlación directa entre tamaño y calidad. Es lo único que sabía y el motivo de ello puede haber estado conectado con mi abuelo y mi bisabuelo. Años y años los observé leyendo periódicos que los volvían invisibles a no ser por sus piernas. Lo que veía en la práctica era una silla sobre la que se sentaba un periódico con dos piernas. Ellos nunca se permitían leerlo en la mesa de la cena porque "no está bien", explicaban. Creo que solamente era porque sobre la mesa el periódico era más difícil de manejar y por eso crearon esa historia. Mi abuelo siempre llegaba a casa, de su trabajo, con el diario doblado bajo el brazo, constante compañero de su maletín de médico, como una composición de dos piezas que fuera una parte integrante de su impecable uniforme blanco. Ningún saco se salvaba de esas manchas negras de tinta pero, para mí, ese inefable paquete doblado venía con su traje...

Nunca le pregunté por qué lo llevaba de esa manera, pero ese periódico doblado de mi juventud que, a diferencia de hoy, podía caber bajo cualquier brazo, le daba a mi abuelo cierto toque de dignidad. En épocas de controversia política, el periódico, todo enrollado y blandido como si fuera un arma, estaba siempre presente en los debates del Congreso o en los bares vecinos (sin intención de comparación acá..). Después de todo, un periódico de tamaño estándar era decididamente uno de los componentes de una persona de intelecto.
En un congreso reciente, Juan Giner, de Innovation, nos mostró imágenes de la llegada de un vuelo de una línea aérea regional - creo que fue en Nueva York. Casi el cien por ciento de los pasajeros llevaba consigo el diario -en la mano, bajo el brazo, o de alguna otra forma. La generación a la que pertenezco no es tan vieja después de todo, pensé, aunque tampoco me incluyo en la generación más joven.

Estas influencias me ayudaron a aceptar como obvio el hecho que un periódico, para ser tomado en serio, tiene que ser de tamaño estándar.

Luego aparecieron los tabloides y de sustantivos, pronto pasaron a ser adjetivos - reforzando, para mí, la teoría de que el tamaño representa calidad. Yo había sabido de algunos intentos, tanto aquí como en Brasil, de lanzar periódicos en tamaño tabloide. En Brasil, los rumores provenían del sur, y yo creí que eran resultado de una combinación de economía y de la inmigración europea que prevalece en esa región. Y luego un día, de repente, me ofrecieron un puesto como editor de uno de esos periódicos, en el estado sureño de Santa Catalina. ¿Qué, un tabloide? En mi prejuiciosa opinión, lo sentí como una invitación a dirigir un equipo de tercera división.

Portador de todas mis teorías, profundamente arraigadas, sobre lo que los lectores necesitan y lo que es mejor para ellos, sustentadas por años de universidad y el tiempo pasado trabajando en los periódicos, acepté el trabajo y me imaginé a mi mismo como un revolucionario a punto de introducir el gran cambio que iba a modificar el curso económico de la publicación que iba a dirigir (estaban enfrentando problemas con los ingresos de circulación y ventas).

Con la arrogancia que mis amigos dicen que nunca me abandona, asumí ese aire de superioridad de la gente que tiene grandes soluciones para pequeños problemas. Yo confiaba en que el mayor error del periódico - una publicación seria, completa y bien diseñada, perteneciente a un grupo económico de mucho éxito de mi país - era, por supuesto, su tamaño. Me guardé esa convicción para mí mismo (que fue lo que probablemente me salvó) y empecé a hacer algunas encuestas a fin de evitar basarme en una obstinación indefendible e inclinarme por algo fundamentado más científicamente. Mi audiencia potencial y cautiva, no obstante, iba a corroborar mi tesis, pensé.

Nuestro principal competidor era un periódico de tamaño estándar, pero me dije a mí mismo que la baja tasa de éxito de nuestra oposición se debía sin duda a su mala gestión. Durante dos meses utilice grupos de opinión para realizar estudios, con la esperanza de revelar información cualitativa que alimentara mi iniciativa para el cambio en el periódico: que adoptando un formato sábana, nuestros ingresos de ventas y circulación sanarían. Para mi gran sorpresa, los resultados de la encuesta indicaron que los lectores amaban el formato tabloide de ese momento. Pensaban que era más inteligente, tanto en tamaño como en portabilidad. Era más fácil de leer mientras se usaba el transporte público y fácil de guardar. Y, lo peor de todo, amenazaron con dejar de comprarlo si el periódico cambiaba de formato. Todo esto sucedía en 1989 en un pequeño estado al sur de Brasil.

Decidí empezar a analizar seriamente las razones de nuestros problemas de ventas y me dí cuenta de que la publicidad estaba impresa en un material distinto y esto significaba mayores gastos para los clientes publicitarios. El diseño y el formato requerían casi el doble de personal. Las historias tenían que ser más cortas y las fotos tenían que tener un tratamiento especial. Pero, qué embromar, a los lectores les gustaba! Los resultados de las ventas fueron excelentes para nuestros anunciantes y el verdadero problema fue otra cosa que no voy a mencionar porque no tiene nada que ver con esta cuestión. Para mi fue una experiencia de aprendizaje profesional y una lección sobre cómo evitar el prejuicio. Profesional y experimentado en periódicos en las ciudades más grandes de Brasil, estaba convencido de que tenía mucho que enseñar a esos menos experimentados que yo, pero en la práctica terminé aprendiendo más de lo que enseñé.

El reiterado debate actual de tabloide versus estándar me trae a la memoria ese mismo prejuicio, que también está vivo en los grandes periódicos. El nudo de la cuestión tiene que ver con el tamaño, sí, pero se puede resumir en una conjunción de dos factores: la voluntad del lector y la calidad de contenido. Mi única explicación tentativa para todos los atributos comparativos y todos los argumentos de base de todos aquellos que se arman contra el cambio es su testarudez y su renuencia a ver que los tiempos han cambiado, los anunciantes han cambiado y la economía ha cambiado. Inclusive mi arrogancia de pensar que yo sé más que todos ha cambiado. Viva el tabloide!
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