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El cambalache argentino

Por Emilio Fernández Cicco / Fuente: www.pulso.org

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
En Argentina, en este momento, el periodismo no se cuestiona si está bien o mal zambullirse en la vida íntima de un presidente o de una primera dama. Tampoco si es molesto para una celebridad que un paparazzi la sorprenda besando a quien moralmente no debe besar (pocos paparazzis se van a plantear un dilema semejante o se les va a caer una lágrima si la foto trae, como consecuencia, una ruptura amorosa). Menos aún, el periodismo de aquí se cuestiona divulgar información irritante o burlarse de las debilidades ajenas —al presidente De la Rúa solo faltaba que lo llamaran “boludo” en la cara, poco antes de derrocarlo popularmente. Estos son debates que datan de diez años atrás, que se dispararon con el primer gobierno del presidente Carlos Menen —conducía Ferraris, y se codeaba con Madonna y los Rolling Stones: una fascinante caja de pandora mediática— y que hoy se consideran casos cerrados. A nadie le llamaría la atención ver publicado que la mujer del actual presidente Néstor Kirchner toma baños faciales de leche vegetal para combatir las arrugas, o que envía a su secretaria a inspeccionar los baños en casas ajenas antes de usarlos —de hecho, ambas fueron noticias. A nadie le sorprendería tampoco que una cadena de periodistas se pregunten una y otra vez entre risas, que le vio ella a Kirchner, siendo estrábico, delgado como una lapicera y menos atractivo que un palo de bambú con peluca. No hay nada llamativo en eso. Es pura rutina.
“El menemismo fogueó a todos los periodistas argentinos”, explica Olga Wornat, autora de La jefa y, en su pais, de Menem: la vida privada que agotó 150 mil ejemplares.
“Menem concentraba todo: enigmas, muertes, poder, seducción, negocios sucios. Él y su entorno eran un caudal permanente de historias increíbles sacadas, parecía, de una obra de Gabriel García Márquez. En México, en cambio, los medios no tuvieron la suerte y la desgracia de tenerlo. En mi país, la polémica sobre si uno hace bien o no contando la intimidad de una primera dama, está pasada de moda. Es cosa vencida. Jamás habría armado revuelo semejante. Hubo otro factor que también me impactó por la diferencia entre las formas de trabajar de un país y otro.
En mi investigación para La jefa entrevisté a la peluquera de Marta y por momentos, cuando se enteraron los periodistas me trataban peyorativamente. A ellos les parecía que era rebajarse.
Y fíjate que resultó una fuente increíble: me traía su vestido de boda, sus joyas, sus zapatos Gucci, su traje Chanel encargado a Nueva York. Los choferes, las mucamas, los porteros son siempre las mejores fuentes. No tengo ninguna duda de eso.”
Un ejemplo que ilustra todo sobre el estado, para algunos liberal y adecuado, para otros de libertinaje y desbordado, del periodismo argentino es el debate que atravesó últimamente a la prensa local y que tiene poco que ver con los periodistas. Más que nada, tiene que ver con una novela negra de Raymond Chandler. Es la adquisición final de las emisiones que desenmascaran los bajos instintos de la farándula. El modelo último, veloz, efectivo y más escandaloso de hacer periodismo a cualquier precio, caiga quien caiga: los detectives privados al servicio de los medios.
En su carrera en la policía, Miguel Rezzo alcanzó el grado de cabo primero y en 1996 pasó a retiro para ganarse la vida como investigador. Se especializó en localizar maridos y esposas infieles. Ahora, a Rezzo lo contratan los medios para capturar famosos in situaciones odiosas. El hombre, frente a cualquier reportero, corre con ventaja. Como si midieran los tiempos de Schumacher a bordo de un Ferrari primero, y luego conduciendo un monopatin.
Rezzo tiene una lata de cerveza que se convierte en cámara fotográfica. Una valija con visor y una moto con visores. Una grabadora adaptada para pinchar teléfonos. Un dispositivo para rastrear grabadoras que pinchan teléfonos. Una cámara minúscula que se ajusta a la corbata, a los anteojos, adonde sea. Y un abanico de contactos con trabajadores de las telefónicas, porteros, policías, hackers y empleados de hoteles. “Yo me meto en cualquier lado”, se entusiasma Resso. “Y lo que le cuesta a un periodista días de búsqueda, a mí me basta con un segundo. Puedo hacer intervenciones telefónicas, listados de llamadas de un año con horarios y tiempo hablado, gastos de tarjeta de crédito, control de cuentas bancarias. Sé de inmediato de dónde sacaste plata y en qué horario. Los detectives tenemos los mismos objetivos que los periodistas pero evidentemente nuestros métodos son muy distintos. El periodista encara, no se esconde. El detective actúa siempre oculto, sigilosamente”.
Luis Ventura, uno de los panelistas de Intrusos, una emisión televisiva de una hora diaria y un rating sideral que cubre los sinsabores de la farándula, explicó de este modo la incorporación de los servicios del detective en su programa: “Quería ver si un investigador privado podía insertarse como periodista. Miguel me facilitó datos y me abrió otro campo de visión. Pero nada muy sustancioso. Un detective piensa de manera distinta a los periodistas”.
En sus Bodas del cielo y el infierno, William Blake sostenía que la mejor forma para conocer los límites de uno es traspasándolos. Si bien un puñado de medios y periodistas fueron enjuiciados por, según los demandantes, poner las narices donde no debian —incluida Olga Wornat, llevada a proceso por Eduardo Menem, hermano del ex presidente— todavía en Argentina no está del todo claro cuando uno pisa el jardín ajeno. Hay un ingrediente que suma confusión al asunto y hace que los supuestos límites luzcan como una madeja de cordeles imposible de desentrañar: el humor. Hoy, aquí existen programas que, en superficie, tienen un formato periodístico pero que en el fondo lo único que se proponen es hacer reir. Y es sabido: muchas veces, para computar una sonrisa es necesario sacrificar a alguien. El fenómeno de las emisiones donde se entrechoca el periodismo y la parodia crece a un ritmo imparable en Argentina. Entretienen y, de algun modo, informan.
El modelo lo impulsó Caiga quien caiga, un programa que se exportó a Europa y espera su turno para desembarcar en Estados Unidos. La consigna: noteros picantes, dispuestos a todo, incluso a preguntarle a Fidel Castro si tenía en mente hacer una nueva revolución —un custodio del cubano, hace poco, derrumbó a uno de sus cronistas de un codazo— o regalarle a Bill Clinton, luego del affaire con Monica Lewinsky un ejemplar de tapas duras, luminoso e ilustrado del Kamasutra. En tren de informar, uno puede imaginar con cierta lógica hasta donde es terreno habilitado —tal vez no tanto en la difusa Argentina, pero aún así, haciendo un esfuerzo, se puede delimitar tentativamente el área— pero en tren de comicidad, las cosas cambian, la ley hace agua y los programs nadan a sus anchas. Hay para todos los gustos: emisiones que recogen lo dicho en otras partes y se lo toman a burla. O insertan personajes caricaturescos muy mal hablados y sin pelos en la lengua, que tambien recogen lo dicho en otras partes y se lo toman —todavía más— a burla. Durante la caída del presidente Fernando de la Rúa, estos programas tuvieron tanto protagonismo como los estrictamente periodísticos. Fueron los que le dieron una última patada en el traste de su prestigio, los que acabaron de convertirlo definitivamente en un clown que había arribado al poder quién sabe por obra de qué casualidad astrológica.
Apenas asumió el nuevo presidente argentino, Néstor Kirchner, se ocupó de distinguirse de la inoperancia de su antecesor resolviendo conflictos que se daban a luz en los medios, enjuiciando a la polémica Corte Suprema de Justicia, tomándose fotos con Lula, con Castro, perfilándose como un hombre capaz de todo. Dicen que una de las cosas que más le asusta a Kirchner es el periodismo. Y, lo que es peor, al combo que sirve en bandeja información condimentada con humor.
Una emisión nocturna, La otra verdad, dedicaba un bloque a las bromas de un títere similar al presidente que parloteaba en manos de Eduardo Duhalde, el mandatario interino que le entregó la banda presidencial. El títere contaba chistes verdes y el doble de Duhalde le daba el pie para sus comentarios politicos en tono de sorna. Casualmente, apenas Kirchner empezó su mandato, el segmento del títere pasó a la historia. Lo borraron de un plumazo.
Por lo bajo, dicen que el muñeco fue el primer censurado del flamante gobierno. Sea o no cierto, la anécdota es simbólica: hoy, en Argentina, un títere, un payaso, o un humorista, son tan populares y creíbles como cualquier periodista de investigación. Y en algunos casos, mucho más temidos.
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