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Hurgando en la historia (Parte I de III)

Hurgando en la historia (Parte I de III)

Por Martha Mendoza/ Fuente: www.investigacion.org

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
En el verano de 1950, durante las primeras semanas de la guerra de Corea, fuerzas militares estadunidenses abrieron fuego contra un grupo de refugiados sudcoreanos en un lugar llamado No Gun Ri, asesinando a cientos de hombres, mujeres y niños.
Lo que sucedió después fue igualmente indignante: nada.
Al parecer ningún militar estadunidense reportó las muertes. Nadie las investigó. A medida que pasaron los años los historiadores no conocieron lo ocurrido. Los coreanos sobrevi-vientes dijeron que cuando trataron de presentar una demanda se toparon con rechazos y negaciones.
Ese pudo ser el final del asunto. Pero hace algunos años, a medida que el clima político en Corea del Sur se hacía más libre, un puñado de sobrevivientes decidió presentar su caso una vez más y enviaron solicitudes a la embajada de Estados Unidos. En agosto de 1997 presentaron una demanda de compensación ante el gobierno de Corea del Sur.
En abril de 1998 Sang-hun Choe, un reportero de la agencia Associated Press (ap) en Seúl, conoció las denuncias de los coreanos y escribió una nota al respecto.
Las fuerzas armadas de Estados Unidos dijeron en su respuesta oficial que no había evidencia de que la Primera División de Caballería, a la cual los sobrevivientes culpan del ataque, hubiera estado siquiera en la zona de No Gun Ri durante los días del incidente.
Rastreando la verdad
En las oficinas de ap en Nueva York el editor internacional asociado Kevin Noblet y mi jefe Bob Port, editor del equipo de asuntos especiales, pensaron que sería relativamente fácil corroborar la respuesta de los militares estadunidenses. En efecto, fue fácil, y esa respuesta no encajaba.
Randy Herschaft, un investigador de la ap, descubrió rápidamente que las divisiones 1ª de Caballería y 25a de Infantería sí habían estado en la zona de No Gun Ri en julio de 1950.
Port envió a Herschaft a los Archivos Nacionales de Estados Unidos en College Park, Maryland, para averiguar lo que pudiera sobre las actividades de esas divisiones.
Los Archivos tienen normas que restringen el acceso y el manejo de los documentos históricos, por lo que el trabajo resultó tedioso y largo. La investigación de la guerra de Corea resulta doblemente difícil porque los documentos desclasificados [es decir, a los que se retira la clasificación de secretos; nota del editor] de esos días están dispersos y la oficina no tiene a un especialista en la guerra de Corea.
Pero Herschaft, cuya gentileza oculta su tenacidad como investigador, regresó a Nueva York al cabo de unos días con un tesoro en fotocopias. Su hallazgo más sorprendente fue que algunos comandantes estadunidenses ordenaron a sus unidades que se batían en retirada que dispararan contra los civiles sudcoreanos como defensa contra soldados enemigos disfrazados.
En Seúl Choe con el apoyo del jefe de la corresponsalía Reid G. Miller, veterano de la guerra de Corea, y el editor de noticias Paul Shin había avanzado mucho en su exhaustiva investigación. Hizo una cronología de las balaceras con base en las entrevistas a sobrevivientes y parientes de las víctimas y con materiales históricos para dar contexto a la historia.
Herschaft y yo regresamos a los Archivos nacionales para seguir hurgando en cientos de cajas de registros históricos, diarios de guerra, bitácoras de comunicaciones y otros documentos incluyendo algunos de la Fuerza Aérea de Estados Unidos ya que los sobrevivientes dijeron que la matanza se inició con las ráfagas disparadas por aviones estadunidenses.
En la sala de lectura de los Archivos me adentré en los registros históricos en los que los soldados morían, el enemigo avanzaba y las provisiones se agotaban. Algunas notas escritas a mano, en las que se pedía ayuda urgente, caían de las carpetas sobre mi regazo y me recordaban dónde estaba.
Regresamos a Nueva York con centenares de copias de documentos desclasificados que incluían incontables anotaciones y coordenadas de mapas con las posiciones de las unidades militares.
En los Archivos Nacionales y en la Biblioteca Pública de Nueva York obtuvimos mapas topográficos producidos por el Ejército estadunidense en los años cincuenta, y empecé a recrear los movimientos de tropas para identificar a las unidades que pudieran haberse encontrado con los refugiados.
Las paredes de nuestra oficina de asuntos especiales pronto quedaron cubiertas con grandes mapas salpicados de notas autoadheribles; cada uno de ellos representaba un día de fines de julio de 1950 a medida que yo seguía los movimientos de las unidades estadunidenses.
No sabíamos si los sobrevivientes coreanos estaban diciendo la verdad. Pero estábamos más seguros que nunca de que los militares estadunidenses se equivocaban al afirmar que la Primera División de Caballería no había estado cerca de No Gun Ri. Eso bastó para que yo siguiera escudriñando los mapas durante varias semanas.
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