La crónica: una estética de la transgresión (Parte III, de V)

Jezreel Salazar // Fuente: www. razonypalabra.org.mx

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
Una de las funciones de la crónica es crear un testimonio impugnador: cuenta otra historia, la historia no oficial. Como afirma Piglia, la tarea del escritor es construir relatos alternativos a los que construye y manipula el Estado para “desmontar la historia escrita y contraponerle el relato de un testigo” (Piglia, 2001: 17). Frente al relato del poder y su máquina de ficciones, la crónica se presenta como un relato subversivo que expresa el testimonio de la “verdad borrada”. La voz del cronista es precisamente la de ese testigo que crea otras versiones no definitivas de los hechos, un tipo de significación no unívoca e incontestable. Por ello afirma la multiplicidad y el no determinismo de las alternativas de modo que la tolerancia se vuelve sinónimo de la inclusión y posibilidad de relecturas continuas.

“Recordar el pasado es un acto político” escribió Geoffrey Hartman. Ese es quizá uno de los elementos más interesantes de la crónica: la recuperación de la memoria frente a los relatos oficiales o las narrativas hegemónicas. De algún modo, la crónica se sustenta en contra del poder de la amnesia colectiva, en contra de los ocultamientos que la historia oficial promueve. Por ello, la crónica ejerce un trabajo de contramemoria: crea espacios propicios en que la otra memoria de la nación, la memoria perdida, puede ser ejercida y compartida. Además, el cronista politiza el pasado al tender puentes entre la historia y el presente del lector, al que no le queda sino asumir posiciones frente a un contexto político cargado de ideología. En ese sentido no sólo busca contribuir a la creación de espacios democráticos sino que se presenta como una forma de resistencia política donde la historia marginal que fue borrada puede recuperarse.

En un país en que la privatización del espacio público multiplica y complejiza las formas tradicionales de segregación, el tratamiento e interés por espacios excluidos, historias olvidadas y sectores marginales, resulta un intento de restaurar la convivencia y la imagen de la sociedad, pero a la vez constituye ya un acto de denuncia. La estrategia de colocar “lo marginal en el centro” (Monsiváis, c1987), es parte de una preferencia por dar cuenta de ciertas temáticas o núcleos usualmente considerados marginales por el poder y también por la crítica, una inclinación por aquello no anquilosado o “canonizado” por las lecturas académicas. Pero es también una estrategia que le permite al cronista situarse en una posición distante de los discursos hegemónicos
Al reconocer a la cultura popular como ámbito legítimo para criticar a la cultura política dominante, el cronista promueve un cambio de signo para todo aquello que se encuentra en el margen. De igual modo, al situarse fuera del centro, logra hacer de la marginalidad un elemento de impugnación. Eso le permite transgredir las pautas autorizadas y romper el contexto de subordinación en que se halla tanto el sujeto de su discurso (el otro marginal) como su propio lugar de enunciación: la crónica, que funciona fundamentalmente por su posición respecto al canon.

Frente a la “gran literatura” —representada por la novela y la poesía—, la crónica ha sido por mucho tiempo una escritura marginalizada por la crítica. Carlos Monsiváis ha puesto el acento en este problema. Al hacer el recuento de la importancia de un género como la crónica para la literatura y la historia hispanoamericanas, Monsiváis se pregunta por qué se le ha menospreciado tanto:

Ni el enorme prestigio de la poesía, ni la seducción omnipresente de la novela, son explicaciones suficientes del desdén casi absoluto por un género tan importante en las relaciones entre literatura y sociedad, entre historia y vida cotidiana, entre lector y formación del gusto literario, entre información y amenidad, entre testimonio y materia prima de la ficción, entre periodismo y proyecto de nación (Monsiváis, 1987b: 753).

Como si fuese una especie de hijo bastardo, la crónica ha sido desconsiderada por la crítica literaria tradicional. Es por ello que Linda Egan afirma que “toda la literatura latinoamericana aloja una crónica en el desván” (1995: 144). Revalorar las cualidades estéticas de la que ha sido llamada “literatura bajo presión” es el único medio para reconocer el papel preponderante que dentro de la tradición literaria ha tenido.

Respecto a la crónica, existe un prejuicio extendido que la sitúa fuera de toda consideración estética debido a su carácter no-ficcional. Una de las características de la crónica es que debe estar elaborada en torno a un referente público verdadero y común a los lectores. Esta condición factual de la escritura cronística no impide, sin embargo, crear textos con autonomía estética y de condición artística, así como hacer uso de estrategias provenientes del campo de la ficción. Su esencia literaria, su invención de una nueva realidad, es patente en toda una tradición que va de Bernal Díaz del Castillo hasta Carlos Monsiváis, pasando por Guillermo Prieto, Martín Luis Guzmán, Artemio de Valle-Arizpe, José Alvarado y Salvador Novo, entre muchos otros. No exenta de artificios, la crónica está anclada al mismo tiempo a la realidad de la que da cuenta, y a la ficción, cuyas técnicas utiliza para crear un universo simbólico veraz.
“Ficción de hechos” o “literatura sin ficción” han sido fórmulas con que se ha intentado definir a la crónica, debido a la manera en que conjuga dos discursos (el literario y el periodístico) al interior. De ahí el debate en torno a su residencia principal: ¿género periodístico o literario? Debate por lo demás anquilosado. Si bien es cierto que la crónica se desenvuelve en dos campos contradictorios, resulta infértil tratar de encapsularla en sólo uno de ellos. Literatura y periodismo concilian sus diferencias en ella. Como afirman los editores de una antología de jóvenes cronistas: “Consideramos perfectamente rebasada la polémica en torno de si la crónica es periodismo o literatura. […] La crónica y el reportaje […] han visto borrarse sus fronteras entre lo periodístico y lo literario; son hoy géneros anfibios” (Valverde y Argüelles, 1992: 12).
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