La crónica: una estética de la transgresión (Parte II, de V)

Jezreel Salazar // Fuente: www. razonypalabra.org.mx

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
Esta apología de lo provisional inscrita en la escritura cronística se refuerza al asumir una mirada que se ostenta orgullosamente como limitada. Su parcialidad está dada por una voz que se detenta como esencialmente subjetiva y que no se erige como la única verdad a seguir. No se trata de establecer una versión monolítica de lo que sucedió sino tan sólo una mirada personal. En la nota preliminar a su Antología de la crónica en México, Carlos Monsiváis establece la convivencia entre mirada objetiva y subjetiva del cronista, la amalgama entre ambas perspectivas:

El empeño formal domina sobre las urgencias informativas. Esto implica la no muy clara ni segura diferencia entre objetividad y subjetividad […] En la crónica, el juego literario usa a discreción la primera persona o narra libremente los acontecimientos como vistos y vividos desde la interioridad ajena (c1980: 15).

En la definición de la crónica actual, la huella del Nuevo Periodismo norteamericano de los años sesenta no se hace esperar. La validación del yo subjetivo que instauraron autores como Tom Wolfe, Truman Capote, Norman Mailer y Joan Didion permitió la reconstrucción de hechos a través de la figura del testigo que asimila y reconstruye testimonios ajenos, utilizando técnicas de la ficción. Esto permitió otro sentido transgresor de la crónica: mermar la posición ortodoxa del periodismo realista que planteaba la objetividad absoluta como meta a alcanzar y que constituía para el cronista un impedimento en la elaboración de técnicas artísticas. El Nuevo Periodismo (arraigado en un discurso cuyo eje es una voz que descara sus complejos, sus prejuicios y su sectarismo), criticaba la representación objetiva de la realidad que en todo caso consideraba engañosa, mezclando el reportaje de investigación con una escritura de intenciones estéticas.

La contingencia y parcialidad del discurso cronístico no sólo se realiza a través de una enunciación que transgrede la objetividad clásica. También se evidencia llevando a cabo múltiples versiones de un mismo texto o estableciendo diversos enfoques frente a un mismo tema. La reescritura funciona así como un elemento más que no sólo habla de la fragmentariedad de los discursos, sino que promueve distintas versiones para una misma realidad. Otro de los mecanismos que utiliza la crónica para evitar un discurso totalizador o autoritario es su imposibilidad de terminar el relato, su terror por cerrarlo.
Como afirma Hayden White: La crónica a menudo parece desear querer contar una historia, aspira a la narratividad, pero característicamente no lo consigue […] la crónica suele caracterizarse por el fracaso en conseguir el cierre narrativo. Más que concluir la historia suele terminarla simplemente. Empieza a contarla pero se quiebra in media res, en el propio presente del autor de la crónica; deja las cosas sin resolver o, más bien, las deja sin resolver de forma similar a la historia (c1987: 21).

Lo que para White es defecto, para el cronista es intención disruptiva: la apertura del relato no se concibe como anomalía sino como tentativa antiautoritaria. El cronista está consciente de que no puede dar la versión total del acontecimiento, pues eso implicaría incluir todas las interpretaciones sobre éste. Prefiere dejar el relato abierto que excluir otras versiones de la historia, otras formas también válidas de narrar.

En esto, la crónica se asemeja al discurso mediático. Mabel Piccini afirma que “los discursos televisivos se caracterizan por la ausencia de clausura” (Piccini, 1997: 255). Lo mismo puede decirse de la crónica: es un discurso sin límites precisos que tiene la intención de evitar un cierre, una narrativa concluyente. Si de manera formal, la crónica hace uso del sentido fragmentario y provisional que los medios de comunicación divulgan, no por ello transmite los mismos mensajes y significados que la televisión o la radio. Por el contrario, una de las funciones de la crónica consiste en oponerse al sentido homogeneizador y superficial que sobre la sociedad delinean los medios.

Mediante una inversión de la mirada, el cronista pone el énfasis en el ámbito que se opone simbólicamente al de los medios: la calle, lugar donde es posible rastrear la cultura popular en su efervescencia cotidiana, el espacio público por excelencia y territorio del diálogo donde los hombres se encuentran cara a cara, la libertad se ejerce y la ciudadanía se adquiere. Pero no sólo eso. Si la tecnología mediática disuelve la distancia entre lo público y lo privado, implementando las lógicas del mercado y el espectáculo, en detrimento de formas argumentativas de carácter crítico, la crónica buscará estrategias para contrarrestarlo. Lo que busca es renovar las responsabilidades políticas y cívicas del espectador, ante la cada vez mayor atomización privada de la sociedad, el incremento del aislamiento personal y la disolución constante de la comunidad a favor de una mirada ausente frente al televisor. ¿Cómo logra lo anterior?

La otra historia: por una literatura incluyente
“Entre cada tarde y cada mañana ocurren hechos que es una vergüenza ignorar” escribió Borges en El libro de arena. Como si fuese consciente de este hecho, el cronista atiende una esfera menospreciada tanto por la historia tradicional como por los medios: el ámbito cotidiano y anónimo. El cronista se interesa por la vida cotidiana de las mayorías y minorías que defienden su rostro en el anonimato. Su interés por dar cuenta de lo ignorado, lo perentorio y lo aún no canonizado, tiene que ver con una concepción en torno a lo político que subyace a su escritura.

Al centrarse en lo marginal, la crónica hace aparecer a través del texto cronístico lo que se hallaba desaparecido o había sido excluido de la mirada pública: personajes y sectores marginales, movimientos sociales “derrotados”, procesos culturales aun sin asimilar, en suma, cualquier tradición de tipo contestatario. En la crónica, lo otro aparece como sujeto, tema y problema de su discurso. En ese sentido la crónica trata de volver visible lo invisible, lo que los medios y el discurso oficial opacan. Tal es el sentido de su proyecto político. Para el cronista todo aquello que se encuentra al margen es una evidencia del autoritarismo y de la oposición a éste. Los sujetos que retrata son personajes que se encuentran en conflicto con la cultura dominante, con los valores y jerarquías simbólicas establecidos por ella. Las posiciones marginales detentadas por los excluidos del sistema son la prueba de que el poder no es monolítico, de que el autoritarismo siempre tiene fisuras, a partir de las cuales puede ser debilitado.
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