El espejismo de la democratización (Parte II, de III)

Sergio Ramírez // Fuente: www. saladeprensa.org

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
Por otro lado, un acontecimiento en Karachi se conoce en Managua de manera mucho más veloz que otro producido en Bluefields, en la costa del caribe de Nicaragua, por ejemplo, donde no existe la posibilidad de enlazar una señal digital con los satélites. Este dato nos mostraría que la velocidad y la simultaneidad tienen, en muchas ocasiones, poco que ver con los escenarios nacionales de los países más pobres, que siguen fragmentados como consecuencia del atraso.

De esta manera, el atraso continúa teniendo que ver con el pasado, y atraso y pasado vienen a ser dos conceptos en estrecha unión, hoy más que nunca. En la medida que la tecnología de las comunicaciones está de por medio, el concepto de pasado se evapora, y al mismo tiempo se acelera. Un hecho que es conocido de manera simultánea al momento de producirse, deja atrás el sentido tradicional de "hecho pasado". Durante la época colonial, las noticias de que un rey había muerto en España, o había enloquecido, llegaban a América cuando todavía se celebraban las fiesta de su coronación. Ése es el sentido de pasado que hoy no existe.

Pero al mismo tiempo, precisamente por la simultaneidad entre hecho y noticia, gracias a la velocidad, los hechos, y al mismo tiempo las noticias, tienden a envejecer rápidamente, en la medida en que otros acontecimientos nuevos, también simultáneos a la noticia, vienen a archivarlos, alejándolos de la actualidad, que es el presente. Y el presente se convierte en una materia precaria, y provisional, que deja muy poco espacio para la reflexión histórica o filosófica.
Ya sabemos que los hechos muy señalados, y de gran dramatismo, se presentan bajo un formato de saturación, día tras día, y ese formato es el mismo de las colosales superproducciones de cine, con fanfarrias y títulos de Hollywood como la "Tormenta del Desierto", "La princesa que quería vivir", o "Estados Unidos bajo ataque". Pero eso no aleja a la noticia de la provisionalidad, ni de su rápido proceso de envejecimiento. Y la provisionalidad viene a significar la superficialidad. La información es más volátil que nunca, y no está diseñada para quedarse en las mentes, sino para desaparecer y ser olvidada.

Los sucesos que son vistos como superproducciones se olvidan de la misma manera que una película espectacular que no es capaz de afectar la historia, y por tanto, tampoco mi propia historia, ni la de mi entorno personal. De alguna manera, la información pasa a tener una sustancia ficticia, porque ocurre en un espacio que, aunque real, no es tangible.

También está de por medio la extensión del uso del periodismo electrónico como factor de homogeneización de la información, que responde cada vez más a parámetros uniformes y previsibles, y que tienen que ver siempre con la velocidad y la simultaneidad. El periodismo informativo tiende a presentar notas cada vez más breves y múltiples en la televisión y en los portales de Internet, hasta cuatro cintillos a la vez en la pantalla, además de la noticia que lee el presentador. Mientras tanto, aun en Estados Unidos y en Europa, los programas analíticos tienden a perder espacio, a menos que se trate de los que conducen las viejas estrellas de los talk-shows, que cada vez se banalizan más.

También es probable que muy pronto pueda hablarse de un periodismo "robotizado", en lo que se refiere a los despachos uniformes de las agencias mundiales de prensa, bajo un formato que dependerá cada vez más de previsiones electrónicas, y aún de selecciones de lenguaje. Los escuetos despachos de prensa dependen de un número limitado de palabras, entre más simples mejor, porque se parte del principio de no crear complicaciones a los consumidores; y ésta es una tarea que estará en las capacidades de un programa debidamente alimentado, como hay ya programas capaces de preparar un reporte burocrático, o manejar el formato de una prueba académica.

El reto para el periodismo creativo y analítico se vuelve así más serio, y debe saber abrirse paso hacia la masa seducida por la información prefabricada, el "fast food" informativo. Será necesario pelear el espacio de los reportajes, las crónicas y las entrevistas que sean capaces de desafiar el gris de las reglas de "economía intelectual" y "lenguaje limitado". Uno de los principios que rige el fenómeno de la globalización informativa es aquel mismo que animó al liberalismo económico a inicios del siglo XIX, y que sirvió para crear toda una filosofía social: "cada individuo cuida su parte, y el todo se cuida solo".

Cada vez más la televisión de señal abierta dependerá de los programas enlatados, y la televisión por cable se irá por el rumbo de las especializaciones. Y el fenómeno de la canalización, seguirá alcanzando no sólo los programas de entretenimiento, como en el caso del "Big Brother", que es, por aparte, un fenómeno que tiene que ver con los radicales cambios de concepto del nuevo milenio en cuanto a la privacidad; sino que afectará también la forma y el contenido en la presentación de las noticias, que tendrá un carácter cada vez más efímero. Noticias para olvidarse de inmediato, sin poder analítico, ni crítico. Esta dispersión hará que la memoria de la historia que marca el acontecer cotidiano corra el riesgo de disolverse sin remedio.

La desnacionalización creciente de los medios de comunicación es otro asunto clave. El Internet y la televisión, y la radio por Internet, bajan de los satélites y entran en los hogares sin intermediarios nacionales, lo que significa una revisión de los viejos conceptos de soberanía cultural, y aun de política. En la prensa local escrita abundan también ahora los cuadernillos que reproducen las ediciones de Time o Wall Street Journal, para consumo doméstico, traducidos al español, con lo que se trata también de un periodismo enlatado, como no pocas veces ocurre en la radio.

La falta de intermediación significa, antes que nada, un paso directo al gris homogéneo. Las formas y estilos de consumo que se ofrecen, las películas clase B, los conciertos de música pop y los clips musicales y aún el acento y los giros anglospanish con que los presentadores transmiten las noticias y conducen los talk-shows y los programas de concursos de los centros generadores de las cadenas en Estados Unidos, pasan a consagrarse como arquetípicos de un nuevo lenguaje degradado.

No quiero oponer a estos raseros un concepto de aislamiento provinciano, que es de por sí, y por contraparte, empobrecedor en términos culturales. Pero lo que tenemos de frente no es un fenómeno de multiplicación y enriquecimiento basado en la universalidad de la cultura. Es el resultado de una política de marketing que parte de la filosofía de la ganancia, subordina la cultura y elimina cualquier aspiración de diversidad. Una nueva especie de revolución cultural a la China, donde la aspiración del Estado era la uniformidad gris en la forma de vestir de todos los ciudadanos. Ahora es el mercado global el que quiere que comamos exactamente lo mismo, y nos vistamos de igual manera, y veamos y oigamos todo de igual manera.

Quizás sería bueno advertir algo obvio. Y es que cuando hablamos de parámetros globales de cultura, en relación con su poder homogeneizador, estos parámetros no son el resultado de una mezcla previa que luego produce una síntesis, sino del atractivo imperio de los estilos y gustos culturales que provienen de Estados Unidos, como centro de irradiación cultural. Se trata de una fascinación global por lo "americano", que ha sido el resultado de un largo proceso de acumulación, al menos desde la segunda guerra mundial en Europa, y desde mucho antes en América Latina. Y todo lo que pretende ser globalizado, en términos de consumo, tiene que pasar primero por el filtro de lo "americano", así como para la élite de la sociedad rusa del siglo XIX este filtro era lo francés.

La globalización digital es un fenómeno del avance de la civilización, y que seguirá progresando con independencia de los usos que reciba desde los centros de poder. Alguien podría alegar que poder y revolución digital son asuntos consustanciales, y por tanto indisolubles, pero me parece que sería simplificar demasiado el asunto.

En esta parte del mundo en que nos toca vivir, nosotros tenemos, además de los retos globales, nuestros propios retos en el campo informativo. El primero de ellos, afirmar un periodismo creativo y analítico, sustento esencial de la democracia, que debe abrirse paso hacia la masa seducida por la información prefabricada, el "fast food" informativo, para pelear el espacio de los reportajes, las crónicas y las entrevistas que desafían el gris de la globalización, y pueden ayudar a desentrañar las anormalidades sociales y políticas de nuestros países.
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