El espejismo de la democratización (Parte III, de III)

Sergio Ramírez // Fuente: www. saladeprensa.org

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
La historia pública, lo que yo llamo la Historia con mayúscula, se vuelve singular entre nosotros por su anormalidad, y teñida de esa anormalidad entra por naturaleza en las aguas del periodismo, pero entra también en las de la narración literaria. Paradójicamente, la Historia pública es atractiva para quienes la narran por anormal, y por sorpresiva y sorprendente, lo que implica al mismo tiempo que no existe un reposo equilibrado de las instituciones, ni el dominio superior de las leyes, ni el funcionamiento neutral de la justicia, y que nuestras sociedades siguen siendo perseguidas por los fantasmas sin quietud del caudillismo autoritario que desafía desde su tumba abierta a la democracia.

Si la Historia pública nos asalta con dramatismo desde las páginas de las novelas, y del periodismo, es porque la sociedad se sitúa en determinados momentos frente a fenómenos y luchas de poder que son capaces de arrastrar a las personas, quiéranlo éstas o no, bajo la sombra de la guerra o de la represión, disolver familias, crear viudas y huérfanos, fusilamientos, prisiones, desapariciones, exilios; y lo mismo puede decirse de terremotos, pestes, hambrunas, crisis económicas, desempleo masivo, emigraciones forzosas, capaces de dislocar también las vidas privadas.

Para escritores y periodistas, la Historia pública domina el discurso narrativo, y se sitúa por encima de las historias con minúsculas, las historias privadas.
Entre nosotros, no es posible reservar para la novela un sector de intimidad, que quiere decir relato de las vidas privadas, sin que la Historia pública no aparezca con sus colores dominantes, no sólo como telón de fondo, sino como un escenario vivo que se interrelaciona con los escenarios privados. Hasta las historias de alcoba hay que contarlas sabiendo que la ventana puede teñirse de pronto con los colores de un incendio porque algo grave está ocurriendo en la calle.

La convivencia estrecha entre narración literaria y narración periodística, al compartir los mismos temas, no está llegando a su fin, ni mucho menos. Y, otra vez, la paradoja. La riqueza misma de los acontecimientos vivifica el relato periodístico y el relato literario. No estoy seguro de cuándo se publicará el último ejemplar de un periódico impreso, o de un libro impreso, y quisiera que esa fecha se retardara lo más posible, o no llegara nunca. Pero sí estoy seguro de que cualquiera que sea la forma en que el relato de acontecimientos reales, o ficticios, llegue a los ojos del lector, ese relato dependerá siempre de una mente aguda y creadora que seguirá averiguando en nuestro nombre, o inventando en nuestro nombre.
¿Cuáles son los temas inevitables de las novelas y de los reportajes periodísticos en esta primera década del siglo XXI, que tienen que ver con la Historia pública? Podemos ensayar la lista de algunos de ellos:
• EI narcotráfico, como factor de poder, capaz de alterar la convivencia social, enfrentar, corromper, y por tanto, trastocar las vidas privadas, como ocurre en Paraguay, Bolivia, Colombia y México; y el poder disolvente de las guerras del narcotráfico, capaces de marginar al estado y crear feudos territoriales dominados por fuerzas antagónicas, como en el caso de Colombia.
• La corrupción en las esferas públicas, como factor de alteración de la moral social, la aparición de fortunas escandalosas, la ineficacia de la justicia para enfrentar a los corruptos, y la impunidad que frustra a los ciudadanos, que de la frustración pasan al cinismo, y el daño que la desmoralización frente a los fraudes causa a todo el tejido social.
• EI derrumbe de la clase media frente a las medidas monetarias de ajuste y la falta de proyectos económicos viables que repongan a aquellos que en el pasado parecieron ser eficaces, y que crearon una memoria de bienestar y seguridad; y las alteraciones múltiples que ese derrumbe, visto como catástrofe, provoca en las vidas privadas: cambios radicales de condiciones de vida y de ocupaciones, desempleo, indigencia, frustración, migraciones, exilios.
• Las consecuencias sociales del deterioro ambiental y la contaminación, vistos también como catástrofes, envenenamiento de los ríos, deforestación masiva, uso de pesticidas prohibidos que causan enfermedades incurables, y por tanto, las consecuencias sobre las vidas de millones de personas.
• La pobreza extrema, que al abrir nuevos abismos de miseria, abre a la vez nuevas zonas de conflicto social, y crea degradaciones que parecían imposibles, nuevos pobres más pobres que los otros pobres, para los que las favelas se vuelven un privilegio o sólo encuentran refugio bajo los puentes; o la situación de riesgo de los niños de la calle, asesinados por pistoleros.
• El poder contrastante de la globalización, vista como fenómeno cultural y económico, que a la vez que desmantela las formas tradicionales de producción, y exalta el mercado, provoca migraciones masivas, nuevas formas de servidumbre en el trabajo, como las maquilas textiles, y el abandono de la agricultura tradicional, y crea a la vez los "ghettos de punta" amurallados.
• Las migraciones masivas clandestinas hacia Estados Unidos, como fenómeno social, no sólo desde México, sino desde muchos países de Sudamérica, y de Centroamérica.
• Los efectos de la globalización en cuanto a los viejos conceptos decimonónicos de soberanía, en los que todavía creemos pero empiezan a disolverse (jurisdicciones internacionales, libre tráfico de mercancías), y los sistemas mediáticos supranacionales que bajan directamente de los satélites a los hogares.

No son todos los temas, por supuesto, pero ni la escritura de realidades inmediatas, ni la escritura de imaginación, podrán escaparse a ellos, porque como fenómenos públicos, de trascendencia social, afectarán las vidas privadas. Y el relato de las vidas privadas seguirá ligado a los efectos de poder de la Historia pública tal como ahora es capaz de presentarse, no solamente como en el pasado, a través de guerrillas, golpes de Estado, asonadas, levantamientos, dictaduras militares, enclaves bananeros y mineros, masacres de indígenas, desapariciones masivas, secuestro de recién nacidos arrancados del vientre de sus madres, sino de acuerdo a la nueva anormalidad de los tiempos.

Desgraciadamente, las transiciones democráticas en paz, los gobiernos honestos, los estados de bienestar ciudadano, el pleno empleo, no producen ni grandes reportajes, ni grandes novelas en el ámbito de la Historia pública, así como tampoco los matrimonios bien avenidos, los amores satisfechos, y el desprendimiento y la bondad, en el ámbito de la historia privada. La narración, en uno y en otro campo, se alimenta del conflicto.

Al fin y al cabo, en las novelas y en los reportajes, escribimos sobre los seres humanos y sobre su condición en la sociedad. Y cuando lo hacemos, como novelistas o como periodistas, no debemos perder de vista que detrás de nosotros, o delante de nosotros, debemos alimentar siempre un sedimento ético que dé sentido a nuestro oficio, que lo haga trascender. Ese sedimento ético se parece muchas veces a la esperanza. La esperanza de que las cosas no pueden seguir siendo como actualmente son, y que al describir los males que nos agobian, y penetrar en ellos, es porque queremos que desaparezcan, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos "progreso".

La literatura y el periodismo habrán de colocarse entre nosotros bajo las alas del ángel de la historia, mientras querramos hablar de lo extraordinario. Las ruinas que se acumulan hacia atrás, en el pasado, nos servirán siempre para contar historias que asombren. Y junto con el ángel de la historia, ¡remos arrastrados de espaldas hacia el futuro, que será siempre lo desconocido, lo sorprendente, lo ignorado. Lo que siempre hemos llamado destino, en nuestras obsesiones y en nuestras vidas.
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