El espejismo de la democratización (Parte I, de III)

Sergio Ramírez // Fuente: www. saladeprensa.org

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
El espejismo de la democratización (Parte I, de III)
En una película de Spielberg, Minority Report (Sentencia Previa), basada en el cuento futurista de Philip K. Dick, el año de los prodigios es el de 2054. Para entonces, "la tecnología podrá ver a través de las paredes, de los techos. Podrá penetrar en el santuario de nuestras familias", afirma el mismo Spielberg. No olvidemos entretanto que el inolvidable personaje de El diablo cojuelo de Luis Vélez de Guevara, en 1641, tenía el poder de levantar los techos de las casas de Madrid a la medianoche para ver qué es lo que estaba ocurriendo dentro de ellas. Desde su atalaya en la torre de San Salvador, el cojuelo le dice al estudiante don Cleofás: "Advierte que quiero empezar a enseñarte distintamente, en este teatro donde tantas figuras representan, las más notables, en cuya variedad está su hermosura…".

La novela 1984 de Orwell, en lugar de un diablo travieso capaz de levantar los techos, pintó en colores más sombríos la amenaza universal de un gran ojo vigilante, el ojo del Big Brother capaz de mantenerse abierto sin parpadear nunca para espiarnos. Es lo mismo que hace en sus dominios el dueño de la fábrica en Tiempos Modernos de Chaplin: vigilar a los asustados obreros cuando van al baño, desde una inmensa pantalla.

De acuerdo a las conclusiones de un equipo de especialista del Instituto Tecnológico de Massachussets, que Spielberg reunió para oír su consejo antes de la filmación de Minority Report, la privacidad, tal como hoy la entendemos, habrá desaparecido, pues, gracias a la tecnología, El diablo cojuelo podrá levantar todos los techos, y el gran ojo podrá penetrar todos los resquicios.
Pero hay algo más en esa película por lo que quiero regresar al tema de la desaparición de los periódicos. En una de sus escenas, lo que los pasajeros leen en el metro, o en el autobús, son periódicos electrónicos compuestos de hojas de material flexible del tamaño de un tabloide, donde las noticias, ilustradas con videos más que con fotografías, cambian a medida que se producen. El lector tiene entonces siempre en sus manos un periódico que no envejece nunca.

El último periódico impreso se ha dejado de publicar en alguna parte del mundo hace ya tiempo. El viejo papel ha desaparecido, su tersa textura, el ruido familiar que produce cuando pasamos sus páginas, lo mismo que el olor de la tinta. La imagen de un ejemplar descuadernado que arrastra el viento por una calle solitaria. La página del periódico de ayer en que el carnicero envuelve el pedazo de hígado que Leopoldo Bloom, el héroe de la novela Ulises de Joyce, compra para desayunar.

Tu amor es un periódico de ayer
que nadie más procura ya leer,

sensacional cuando salió en la madrugada
y a mediodía ya noticia confirmada
y en la tarde materia olvidada…

dice la canción de Héctor Laboe.

Si ya no leeremos los periódicos de papel, debemos entonces advertir que se trata también de un cambio en los conceptos filosóficos que tiene que ver con la materia misma, que se gasta, envejece y desaparece, o se recicla, y con el sentido que tiene la palabra copia, nuestra copia del diario se tratará de un periódico que podrá apagarse, y lo que tendremos en la mano será un receptor flexible conectado de manera inalámbrica a un gran cerebro distante.

Pertenezco a la generación de la mitad del siglo XX, y creo que como ninguna otra esa generación pudo atestiguar cambios centelleantes y diversos, muchos de ellos simultáneos, creados por la aceleración de la tecnología. De niño conocí el telégrafo en clave Morse, el teléfono de magneto con manivela y el radio de tubos con antena aérea, y los periódicos de provincia se componían todavía con tipos móviles escogidos a gran velocidad por las cajistas en los chibaletes, y se imprimían en prensas manuales de rueda con manubrio, como esas de los grabados de las novelas de Balzac.

Y en las décadas siguientes, he ido pasando de la máquina de escribir eléctrica a la computadora, de la humilde Kodak Instamatic a la cámara digital, del avión de hélice al avión de reacción, de las cartas aéreas a los mensajes por correo electrónico. ¿Por qué habría de extrañarme entonces que en unas pocas décadas más los periódicos sean de cuarzo flexible, o de una materia parecida, y las noticias cambien frente a nuestros ojos?
Todo esto podrá parecer banal, pero deberíamos recordar que en el siglo XIX un solo invento, o quizás dos a lo sumo, marcaban a toda una generación. En la espléndida novela Orlando de Virginia Wolf, el ferrocarril que atraviesa con ímpetu trepidante las praderas de Inglaterra es el invento crucial, como para la generación anterior lo había sido la máquina de vapor, y para la siguiente lo seria el cable submarino.

Una edición dominical del New York Times consume en papel el equivalente a doscientas hectáreas de bosque, pese al nacimiento de la industria del papel reciclado libre de ácidos, por lo que quizás la inminente desaparición de los medios de comunicación impresos ayudará en algo a restablecer el equilibrio de la biosfera, en riesgo tan grave. Algo se gana.

Pero la revolución tecnológica que hoy aparece apenas en su infancia asombrará dentro de pocos lustros por lo primitivo de sus instrumentos, como no ocurre hoy con las películas mudas en las que es posible advertir cómo se mueven los telones de los escenarios ante un soplo de aire, o con las venerables máquinas de teletipo que traqueteaban día y noche en las redacciones dejando serpentear en el suelo las tiras con los despachos cablegráficos.

Pero frente a esta perspectiva, lo más inquietante no es la materia de que estarán hecha los periódicos, ni la forma en que las noticias llegarán a nosotros, sino cómo estará definido en términos éticos y de sustancia el universo de la información. Desde luego que cualquiera que sea el mundo en que vivamos, siempre dependeremos de la necesidad de saber lo que ocurre. Nadie ha previsto, por el momento, un mundo de seres solitarios, que no tengan que comunicarse entre sí.

Hoy, en algún lugar de una aldea global, deberíamos hablar más bien de una red de aldeas interconectadas de manera instantánea y simultánea por los satélites que proveen todas las formas posibles de comunicación, para informarse, recrearse y divertirse, comprar y vender, realizar transacciones financieras, pagar las cuentas domésticas, leer novelas, escuchar música, ver cine, apostar, aprender. Esta posibilidad crea ghettos culturales cuyas comunidades selectas son capaces de identificarse entre sí, sin mediar distancias, por el hecho de compartir posibilidades tecnológicas, y los valores y formas de cultura que de allí se derivan, no importa que alguien viva en Singapur, en San Juan, en la Ciudad de México, o en Nueva York.

Y de acuerdo con la conclusión de Robert Kaplan, estos ghettos, al organizarse como vecindarios aislados, con pares lejanos en otras partes del mundo, van distanciándose, colocados tras murallas y sistemas de vigilancia, de quienes en los mismos países no tienen acceso a la tecnología, ni a las condiciones de información y bienestar que deparan tanto la riqueza como la tecnología. La integración depara la segregación.

Y la calidad de la información comienza ya a cambiar de naturaleza dentro y fuera de los ghettos, porque introduce factores que dependen de la revolución tecnológica, tales como la velocidad, la simultaneidad, la saturación, y la provisionalidad.

Hoy en día los acontecimientos entran en los hogares al mismo tiempo en que se producen, a través de las cadenas de televisión, de la radio y de los portales de Internet, y es posible, como nunca antes, conocer la misma noticia en todas partes del globo al mismo tiempo, para gente de la misma o distintas culturas. Esto supondría una democratización global de las posibilidades de informarse; pero semejante democratización se convierte en un espejismo repetido si nos atenemos a los contenidos reales de las informaciones, cuya sustancia tiende a deteriorarse.
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