Las provincias también existen (Parte I, de IV)

Sandra Crucianelli // Fuente: www. pulso.org

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
Hace casi tres décadas, una muchacha de apenas 14 años, caminaba todos los días sin apuro alguno, las 20 cuadras que separaban su humilde casa de la biblioteca del pueblo en que vivía. Una vez instalada en el lugar, su misión consistía en tomar cualquiera de los desgastados libros que los estantes exhibían, para luego, con una paciencia que quién sabe de dónde sacaba, mecanografiar un párrafo al azar. De vez en cuando, plasmaba en el papel algunos escritos que su imaginación le dictaba.

La Olivetti en la que aprendió a teclear parecía esperar diariamente por esos dedos, débiles y torpes. Si tal cosa no hubiera ocurrido en aquel tiempo, la vieja máquina se hubiera oxidado mucho antes de terminar tristemente olvidada en la venta de una chatarra.

El poblado en el que vivía la muchacha era pequeño. Lo habitaban no más de 5.000 almas y distaba unos 25 kilómetros de la ciudad cabecera de su partido, en el interior de la provincia. Ella solo quería ser dos cosas en la vida: médica y escritora. Rara mezcla.

Habiendo nacido en el seno de una familia sin recursos y en el que los hábitos de lectura no eran frecuentes, tal destino parecía un imposible. Pero a pesar de su acotada realidad, jamás fue consciente de que estaba, en ese escenario, condenada a la nada.
Si soñar era gratuito, ella se imaginaba salvando vidas en algún hospital y, al mismo tiempo, escribiendo una exitosa novela capaz de llevarla a la fama o la fortuna.

Pero la muchacha era testaruda. Quiso ingresar a la universidad, a estudiar cualquier cosa que se pareciera en algo a la inalcanzable medicina, esa que se estudiaba en la Capital y a la que accedían solo quienes pertenecían a familias acomodadas.

Para colmo, eran tiempos de militares en el gobierno. Debe ser por eso que ni siquiera le planteó a sus padres la posibilidad de abandonar el terruño. Su padre, aunque hubiera tenido todo el oro del mundo, jamás se lo hubiera permitido.

En su casa no había dinero para libros, ni siquiera para el transporte, así que tuvo que buscarse un trabajo si quería atravesar el portal universitario.

El corresponsal del diario citadino en el pueblo había muerto y así, la vacante generada. Todavía recuerda el empujón que le dio su madre al bajar del colectivo que la llevó a la ciudad, para reclamar por ese puesto.

La muchacha se las arreglaba bastante bien para escribir. Y pudo mostrar al jefe de personal del diario, que la miraba de reojo a sus 17 años, varios de sus “poemas”, que conservaba en una suerte de “libro” hecho a mano, en hojas escolares, mecanografiados en la Olivetti de la biblioteca y encuadernados a puro hilo y aguja.

Su poesía era malísima. Pero quién sabe por qué, a pesar de lo escaso de su edad, y quizá porque no se presentó ningún otro interesado, la tomaron para el puesto y se convirtió “la corresponsal” del pueblo.

De esa forma, alternaba sus estudios superiores en bioquímica con la redacción de improvisadas crónicas pueblerinas.

Un día la llamaron de la ciudad. El jefe de la redacción bajó sus lentes hasta el tabique nasal, le inspeccionó la ropa cosida por su madre que llevaba puesta y le dijo que tenía potencial.

La muchacha ingresó a la redacción a los 6 meses de iniciada su labor en la corresponsalía con la categoría de aspirante. Se la pasaba ejerciendo el oficio más aburrido del mundo: mecanografiar gacetillas y cartas del lector.

Con el paso del tiempo, empezó a prestar atención a lo que escribían sus colegas, los que cubrían los vaivenes de la política, la economía o el crimen. Y empezó a blasfemar contra su jefe, a quien apodaban “el monstruo”. Ella quería escribir sobre otras cosas, pero siendo mujer y joven, en una sala de redacción poblada de machos, los reclamos le trajeron más amarguras que satisfacciones. No se dio por vencida y sin que nadie se lo asignara, comenzó a redactar pequeñas historias que de vez en cuando, salían publicadas.

Sin embargo, tuvo un golpe de suerte, porque al hijo de la dueña del diario le gustaron sus escritos. Y empezó a encomendarle notas “más importantes”.

De esa forma, la provinciana no logró convertirse ni en bioquímica, ni en médica ni en escritora. En su historia hubo unos pocos que la alentaron pero otros muchos que le pusieron piedras en el camino, pero como seguía siendo testaruda, no iba a bajar los brazos. Se enamoró del periodismo y desde las entrañas de su provincia se propuso escribir sobre cosas que valieran la pena.

Con el paso de los años, tuvo oportunidades de migrar hacia la Capital del país, pero las rechazó, aunque las ofertas habían sido tentadoras en materia de dinero. Pensó que si todos los periodistas provincianos se alejaban de su tierra natal apenas alcanzado el mínimo conocimiento en la materia, el destino de los medios regionales sería tener siempre entre sus filas a una legión de novatos.

La muchacha se convirtió en mujer. Su historia debe ser parecida a la de muchos otros que todavía permanecen, que se quedan y no se van. Que no nacieron sabiendo que se iban a convertir en periodistas, pero que hoy lo son, sintiendo que el destino les tenía reservada una sorpresa, encarnada en la maravillosa misión de informar.
¿Todo sigue igual o peor?
Hace 9 años, un equipo integrado por 6 expertos pertenecientes al Programa Latinoamericano de Periodismo que patrocinaba la Universidad Internacional de La Florida, evaluó la situación del periodismo y su enseñanza en cinco países: Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela.

El trabajo, publicado a través de un texto que difundió la Escuela de Periodismo y Medios de Comunicación de esa universidad, consistió en entrevistar a 461 reporteros ejecutivos y académicos de los citados países, de los cuales 328 respondieron a un cuestionario a través del que se evaluó las condiciones del ejercicio de la profesión. 318 de ellos eran periodistas.

La novedad del estudio radicó en que no se concentró en las capitales sino que abarcó a profesionales de 18 ciudades, por lo que la realidad de las provincias no estuvo ausente y por el contrario, cobró un importante protagonismo.

Las conclusiones del estudio, difundidas en 1995, alertaron sobre el principal problema: Con pocas excepciones, se afirmaba que los medios no examinaban los abusos y los errores del gobierno. Ligados al poder a través de publicidad oficial, la censura y autocensura fueron relatadas como prácticas corrientes. El perro guardián no se mostraba vigilante, sino más bien mirando a sus costados de mala gana, cuando no perezoso o desinteresado.

Los reporteros también se manifestaron carentes de capacitación y de herramientas especialmente orientadas al reportaje investigativo. Ellos mismos reconocieron no saber investigar.

Otras realidades no fueron pasadas por alto: La enseñanza del periodismo fue muy criticada, las prácticas poco éticas en los periodistas se justificaron por los bajos salarios y se reconoció que hacía falta más educación que llegara a las provincias, ya que buena parte de esta oferta en capacitación se concentraba en las capitales.

Han pasado nueve años desde entonces. El escenario de la noticia en cada uno de estos países ha sufrido algunas transformaciones.
¿Cambió la realidad del periodismo en las provincias o sigue siendo la misma?
¿Las condiciones mejoraron o la situación es peor?
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