Democracia y prensa: mito y realidad

Peter Schenkel / Fuente: www. comunica.org/chasqui/

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
De acuerdo con los escritores norteamericanos Chalmers Johnson y Stanley Hoffman, la democracia atraviesa serios problemas. El politólogo francés Jean-Marie Guéhenno aún va más lejos. Sostiene que la democracia no podrá sobrevivir la sociedad informatizada y globalizada ¿Y qué tiene que ver la prensa en esto? Podría argumentarse que el desarrollo político y económico de las naciones y del mundo determinan el curso de la historia y que el papel de la prensa, así como de los medios electrónicos, apenas refleja estas tendencias de una manera más o menos objetiva y ecuánime, sin el afán y la capacidad de influenciarlas de una u otra manera. ¡Pero, he aquí el error!

A lo largo de los últimos decenios, numerosos estudios realizados, entre otros por el CIESPAL, demuestran que la verdad es otra. La libertad de prensa es uno de los principios más sagrados de la democracia, del sistema pluralista y del derecho. Según él -y casi todas las Constituciones democráticas lo consagran como tal- los medios y especialmente la prensa grande son libres de censura y presiones, ya sea del Estado o de grupos poderosos de la sociedad civil. Pueden informar y opinar lo que les venga en gana, con el fin de mantener a la sociedad informada adecuadamente sobre todos los problemas que acechan al país y al mundo.

Pero esto -ya se sabe- es un mito. No existe un país democrático en el mundo, donde este ideal se cumpla a cabalidad. Todos los gobiernos -unos con un garrote mas grande que otros- limitan la libertad de prensa, utilizan su poder para intimidarla, hacerla servil a sus intereses, tratando de imponerle su línea y poniéndole tabúes para auto-abstenerse de abordar ciertos temas que no desean que se ventilen a la luz pública. Presiones económicas, amenazas y hasta el asesinato de periodistas considerados indeseables, son los medios utilizados frecuentemente, especialmente en América Latina.
Fuertes intereses económicos también constituyen un siniestro obstáculo para una verdadera libertad de prensa. La gran prensa no se encuentra en manos de humanistas e idealistas, sino de empresarios que manejan sus empresas con fines comerciales y que buscan maximizar sus ganancias. Dependen en alto grado de la publicidad de grandes intereses económicos, ya sean industriales, comerciales o de otra índole, y esta dependencia coarta su libertad y transforma al periódico, la radio, la revista o al canal de televisión, en un sumiso aliado y defensor de estas fuerzas y de sus intereses particulares.

O sea, el lector de un diario, el radioescucha o un televidente, en realidad lo que recibe de estos medios no es una versión completamente independiente, objetiva, veraz de los hechos, sino un menú premasticado con un enfoque parcializado, limitado, acorde con determinados intereses políticos y económicos. Recibe un mar de información y unas telarañas de opinión dirigida, no con la fuerza brutal de un régimen totalitario, que no permite alternativas a la línea decretada por los centros de poder, sino de una manera más sutil y por ende más peligrosa.

Se podría decir que esto solo es normal, que cada medio sostenga su línea y que mantenga sus intereses particulares. El lector -para obtener una versión completa y verídica, no distorsionada de los hechos- debería leer la mayor cantidad posible de diarios, para poder asimilar todos los aspectos y complejidades de un tema, los pro y contra, para poder formarse una opinión que corresponda a la realidad. Pero, cabe la pregunta, ¿quién puede y tiene el tiempo para cumplir con esta exigencia? Con razón el hombre común es víctima de una desastrosa desinformación, y permanece ignorante de la multifacética y difícil naturaleza de muchos asuntos vitales de una nación y del mundo.

Pero esto ni siquiera es lo más grave. Aún más problemático y censurable es el hecho que en las así llamadas democracias -y no hago excepción de los Estados Unidos y de las de Europa- no existe una prensa grande de opinión, que tenga el valor de decir a las personas y a la comunidad de naciones democráticas que el mundo atraviesa una seria crisis, que está sin timón y posiblemente encaminado a peores desastres que los del pasado.

La brecha entre países ricos y pobres se encuentra estancada. No hay despegue para los pobres. La crisis ecológica está empeorando. La carrera armamentista, sobre todo entre los Estados Unidos y China, sigue. Washington trata, con un suave fascismo, de imponer su sistema y cultura al resto del mundo. Lanza guerras intervencionistas en lugar de trabajar para la creación de un nuevo orden mundial pacífico y un convenio para la desaparición de todas las armas de destrucción masiva. Y cabe mucho que reparar en el cuerpo de las democracias occidentales, que no es tan sano y tan santo como muchos pretenden.

Ante el creciente rechazo popular de los partidos, de los políticos corruptos y de la palabrería estéril en los parlamentos, los excesos de criminalidad, el consumo de drogas y la trivial y embrutecedora industria de entretenimiento, gobernada por la violencia, el sexo y la esotérica, la gran prensa debería asumir un rol activo de crítica y liderazgo para un cambio. No es una casualidad que nuestra humanidad enfrente una confrontación de civilizaciones. El fundamentalismo islámico, que reta a la civilización occidental, es diluvial, cavernícola en muchos de sus aspectos, y ni el régimen ya defenestrado de los Talibanes, ni el anacrónico Estado de Dios en Irán ofrecen una alternativa viable y apetecible, pero no todas sus críticas a la democracia y a la civilización occidental son elucubraciones falsas. Nuestras democracias, si quieren sobrevivir y no caer en nuevos abismos despóticos y dogmáticos, requieren urgentemente un proceso de regeneración tanto en lo legal como en lo moral.

La libertad -su gran fanal- tiene que significar más que el derecho a votar cada cuatro o cinco años y realizar protestas en las calles. ¿Y dónde esta la igualdad?, hay tantos pobres, hambrientos, desempleados, desamparados y sin futuro en el mundo, hasta en los propios países ricos del norte. Parece que hacen falta tsunamis, como que el que golpeó el sur de Asia, ocasionando más de 200 mil muertos y desaparecidos e inmensa destrucción, para que estos países ricos descubran un espíritu de hermandad y un corazón samaritano.

Lamentablemente, la gran prensa aún no se encuentra preparada para asumir este desafío. Existen excepciones, esporádicos intentos de llamar la atención al curso equivocado de los gobernantes. The New York Times se atreve de vez en cuando a discrepar del mediocre Zeitgeist, que caracteriza al mundo occidental y a criticar los errores garrafales de Washington y las banalidades que emanan de la Casa Blanca. Le Monde en París también intenta mantener una línea semi-independiente de los gobernantes de turno. En Alemania aún no existe una voz periodística responsable, con el valor de sacudir al país y liberarlo del yugo del trauma de la Segunda Guerra Mundial y del holocausto, que aún mantiene a los alemanes prisioneros de los tabúes rigurosamente defendidos por una prensa servil e intereses que manipulan la opinión pública.

De modo que, ¿cuál es la conclusión? ¿Cabe felicitar a la gran prensa por desempeñar en nuestras democracias un papel digno de admiración, que sirva como acicate al progreso humano, a una distribución más equitativa de las riquezas, a la solución de los problemas sociales y económicos candentes, a la paz entre las naciones, a una sociedad más digna y al desarrollo de hombres con ideales y la capacidad de dar un giro a la mediocridad en la cual vivimos y asegurar un feliz porvenir para nuestros descendientes? ¿Existe la conciencia de que, lamentablemente, la prensa hasta ahora cumple con su cometido solo en parte?

No lo creo, y esto es lo grave. Porque la mayor parte del material de información y opinión, con el cual nos satura diariamente, es baladí, de poco fondo y visión, solo sirve para mantener las cosas como están. No siembra en la mente y en los corazones de los hombres la fecunda semilla de un espíritu crítico y ansioso; no se preocupa de promover los grandes cambios, que son indispensables para que nuestra especie avance y sobreviva y se haga digna de su existencia.

No es que en el medio periodístico latinoamericano falte la capacidad intelectual y la ansiedad moral para transformar la prensa continental en un arma eficaz contra los abusos y el atraso, y en un instrumento eficaz de orientación para el futuro de nuestras sociedades, y de culminación de los anhelos de sus multitudes. Es el muro de las estructuras de poder que actúa de freno y que cohíbe sus verdaderas potencialidades y obligaciones.

La democracia – se dice no sin razón- es el mejor sistema político que tenemos, pero el papel que los medios de comunicación colectiva y especialmente la prensa desempeñan en él, todavía deja mucho que desear. ¡Es más mito que realidad!
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