El boom de los documentales en cine y televisión

Ángel Rodríguez Kauth / Fuente: www. comunica.org/chasqui

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
Con atinado acierto, el irreverente ensayista y dramaturgo Jacopo Fo (2004) se interroga acerca de cuáles pueden ser las causas de por qué aquellas personas que se definen como progresistas tienden a odiar las programaciones televisivas, cualquiera fuesen ellas. Sin duda que su pregunta puede tener variadas respuestas; él -que viene marcado por su ciudadanía italiana y las desventuras que padecen bajo el gobierno reaccionario actual- lo atribuye al hecho que la televisión en Italia está en manos del Premier Silvio Berlusconi. Este es uno de los hombres más ricos de la península itálica y, lo peor, es que se ha embanderado de modo indiscutible con la derecha más reaccionaria de su país, al punto que ha consolidado su gobierno de la mano y por acción de la Liga del Norte -dirigida por Torcuto Fini- que hace de la xenofobia y el separatismo su caballito de batalla político. Tal toma de posición ha generado un punto inflexible de crisis, con el apoyo brindado a la guerra imperio-capitalista encabezada por George Bush y Tony Blair contra Irak, aun cuando no existiese prueba alguna que la justificasen, tal como lo han demostrado recientes investigaciones independientes del Senado de los Estados Unidos, realizadas en julio de 2004, pero sobre la cual los medios de comunicación venían alertando desde mucho antes.

Caja boba repulsiva

Mas, la reflexión de Fo no se reduce al ámbito de su país, sino que vale para los individuos de condición semejante en cualquier parte del planeta. Es un hecho fácil de observar y confirmar que la mayoría de las personas progresistas sienten una suerte de repulsión visceral ante los contenidos que ofrece y distribuye la caja boba y -remarco lo de las vísceras- ya que parece que ellos se imponen a la hora de las declamaciones sobre los contenidos intelectuales, que se supone debieran primar en quienes se consideran trabajadores de la intelectualidad.

En parte tienen buena razón en sus reacciones adversas ante la televisión; esto es así de atenernos a los programas pasatistas a los que todos tienen acceso con solo prender el televisor, en cuya pantalla chica reina el mal gusto del conductor y de los artistas o invitados que pasean -por lo general mostrando sus exuberancias físicas- ante los espectadores.
La polémica entre el buen gusto y el mal gusto puede verse con claridad en las obras del filósofo I. Kant (1790) y del sociólogo P. Bourdieu (1992) en las cuales el primero reserva el buen gusto a las clases privilegiadas de la burguesía, mientras que el segundo lo encuentra también en el proletariado, aunque para él la burguesía se encargó de haberle reservado solo la categoría del mal gusto. Sin embargo, ambas se hallan en cualquier nivel de estratificación social, se trata simplemente de una cuestión que hace al gusto estético (Geiger, 1941) y que afecta a unos y otros por igual; aunque los burgueses, en una expresión más de la hipocresía de la que suelen hacer gala (Rodriguez Kauth, 1993), simulan el buen gusto y disimulan (Ingenieros, 1900) al malo haciendo como que prefieren las expresiones artísticas que entran dentro de los cánones pautados por los críticos de turno, para de tal forma ajustarse a las exigencias de su clase -o a la pretensión de clase- que permanentemente les imponen y exigen los modelos estéticos que están de moda en cada momento y espacio en particular.

El poder del zapping

Pese a ello, y dejando a un costado la interesante confrontación entre el buen y el mal gusto, es un deber señalar que en la televisión, como en la cinematografía -que rápidamente traslada sus obras a la pantalla chica- se dispone de un mecanismo poderoso, vale decir, es posible haciendo algún esfuerzo -y gracias al poder que ofrece el zapping del control remoto- salir del pasatismo de los partidos de fútbol o de los programas ómnibus insólitos de juegos infamantes para quienes participan; como así también de las telenovelas del tipo culebrón o de aquellos que hacen del cuerpo un objeto de culto sibarítico (Rodriguez Kauth, 2003). Gracias a tal avance tecnológico, es posible salir de cualquier programa que no tenga cabida dentro los límites mentales -a veces estrechos- de la intelectualidad pretendidamente progresista. Sin embargo, persisten en sus críticas impiadosas a la televisión, ya que es algo así como que queda bien rechazar la cultura popular -a la par que no se pierden oportunidades de cantarles palinodias, ya que encuadra en el progresismo hacer un culto o veneración casi religiosa de lo popular- que se testimonia en las programaciones señaladas. Esta es una consecuencia del nuevo populismo, que fuera definido recientemente por el español J. L. Cebrián (2004).

Pero, quienes nos calificamos de progresistas olvidamos que la televisión y el cine ofrecen programas de alto valor ideológico y estético, como son básicamente los documentales, amén de algunas películas. Baste para ello recorrer la no muy amplia gama de canales culturales como The history channel, Discovery channel, o Films and arts, por ejemplo, como para tener la oportunidad de encontrar excelentes ofertas educativas, con películas documentales que alcanzan a satisfacer las demandas de los más exigentes para conocer el pasado reciente -de los últimos 80 años- como también temas de actualidad como son los ecológicos. Obvio es que muchos de esos programas vienen contaminados por el tinte ideológico que le imprimen las empresas capitalistas de las cuales dependen, pero tampoco es necesario ser tan tonto como para no saber desbrozar la paja del trigo que se nos pone por delante.

Pero no todo lo hacen los gringos en este mundo globalizado; en Iberoamérica también se produce un excelente material documental para la televisión y, a fin de no abundar en detalles al respecto, vale mencionar los realizados por el más nuevo integrante de la Academia Nacional de Periodismo -julio de 2004, en Argentina- Nelson Castro, quien ha producido El narcotráfico en Argentina (1992), A diez años de Malvinas (1993), Diez años de democracia: una década para recordar (1993) -el que le valió recibir el Premio Rey de España- y A veinte años del golpe: la memoria del nunca más (1997).

De Rosif a Moore

Retornando a los filmes documentales, creo recordar que el primero que vi de aquel tenor fue Morir en Madrid de Federico Rossif y, desde entonces me hice fanático del género. En la actualidad, el cineasta norteamericano Michael Moore -crítico político y social por antonomasia de lo que ocurre en los Estados Unidos- ha producido materiales excelentes, como Bowling for Columbine, en donde plasmó en el celuloide uno de los documentos de mayor valía para el tratamiento científico y la rigurosidad histórica de un tema tan preocupante como es la posesión de armas por parte de civiles, es decir, la cultura del rifle que se encaja perfectamente con la matriz de violencia, tanto encubierta como desembozada que impera en el gigante del norte. Esto fue recogido por tratadistas de las ciencias sociales como Aronson (2000) y Morales (2002), para enfocarlo como un tema de la exclusión social. Mas, anteriormente, con sus otras producciones tuvo la cualidad de poner los pelos de punta de los sectores conservadores y reaccionarios que anidan bajo la forma de los halcones en los pasillos de la Casa Blanca, cualquiera sea el color político de su administración.

Conviene señalar en este sentido el valor del cine y la televisión para el rescate de documentación histórica (Bendala, 2000) como una original metodología de uso para la historiografía. Por la película citada, Moore recibió el Premio Oscar, justamente en una ceremonia que coincidía con la invasión a Irak y -en ese momento- tuvo palabras por demás críticas, duras y ácidas para con George Bush (h), las que fueron acogidas por los presentes en el acto de premiación con la frialdad característica de los que se adhieren solo a lo que se encuadra dentro de lo políticamente correcto. No nos llamemos a engaño, Moore no tiene un pelo de políticamente correcto, más aún, su presentación personal en la vida cotidiana (Goffman, 1959) es lo suficientemente desaliñada como para marcar una forma de decir "este soy yo", quien es muy diferente a lo que habitualmente se acostumbra en los ámbitos que frecuenta. Este cineasta es un inconforme por excelencia, se siente incómodo en el espacio de los poderosos y prefiere defender los intereses de las mayorías silenciadas con sus aguerridos cuestionamientos a los cánones establecidos de lo que es políticamente correcto.

Fahrenheit 9/11

En 2004, Moore se impuso como objetivo político -según dijo- el de sacar, inclusive a puntapiés, de la Casa Blanca al Presidente Bush (h) por considerarlo el principal responsable de las catástrofes militares, diplomáticas, económicas y de imagen ante el mundo, que están sufriendo no solo los Estados Unidos sino también lo que es más valioso: sus habitantes. Para poner en marcha sus fines recurrió a lo que mejor conoce, realizar películas documentales, para mostrar -en su opinión- los dislates que ha cometido la actual administración Republicana. Con dicha estrategia, Moore pretendía -conforme afirmó- limpiar las células grises de los electores norteamericanos, para que a la hora de elegir en la convocatoria electoral de noviembre, no tuviesen dudas que era preciso votar en contra de Bush y de sus acólitos republicanos, a cuyos intereses económicos espurios -sostuvo- representa desde la Primera Magistratura, del mismo modo como lo hiciera su padre durante la década de los '90.

El resultado de ello fue su último documental, Fahrenheit 9/11, premiado en Cannes con la Palma de Oro, que es una clara alusión a los que -en su opinión- son desatinos cometidos por la administración Bush cuando se produjeron los tristes episodios del 11 de septiembre, por obra de un supuesto acto terrorista atribuido a la red islámica Al Qaeda, lo que hasta la fecha no ha podido ser fehacientemente corroborado, porque el tema está cubierto por una nebulosa de mentiras que poco a poco se van despejando, y en el que se entremezclan la complicidad de las agencias de "inteligencia" norteamericanas y las británicas, todo ello bajo la única responsabilidad política y administrativa del dueño del circo del Nuevo Orden Internacional, es decir, Bush (h).

El documental batió el récord de recaudación que fuera alcanzado con Bowling for Colombine, ahora con la friolera de 14 millones de dólares en solo tres días, desde el momento de su estreno en los Estados Unidos. Fahrenheit 9/11 fue visto en la mayor parte de países de América Latina, antes del estreno en los Estados Unidos, al mínimo valor de un dólar, como ocurrió en Ecuador, por obra y gracia de la gran industria de la piratería que reproduce obras maestras a un ritmo de millones de copias.

Moore, el gran provocador

En Fahrenheit 9/11, Moore no solamente denuncia las -que considera- atrocidades cometidas por Bush y su equipo de gobierno, sino que él mismo disfruta con intensidad cada vez que logra sacudir el tablero de una sociedad que ha sido amansada desde las cúpulas del poder, como es lo que ha venido ocurriendo últimamente con la norteamericana. Si se aventura una definición de Moore, se lo puede considerar como un gran provocador. Moore no oculta sus objetivos políticos, sino que los lleva a flor de piel y expresa su enojo hacia el gobierno de aquél -al que define como la minoría gobernante- con todo su cuerpo. Como es obvio, el gobierno ha intentado censurar al film, calificándolo como solo apto para mayores de 17 años, lo cual ha hecho que Moore se enojara aún más en contra del establishment.

Sus obras son una suerte de quijotada, en donde no deja lugar a los matices para la gama de colores que van del blanco al negro, con lo cual su expresión artística no ofrece espacio para que el crítico dé muchas vueltas interpretativas respecto a lo que pretende simbolizar con sus imágenes y juegos de cámaras. (En los mentideros del cine se cuenta que el genial Federico Fellini se enteraba de la simbología implícita en las imágenes que presentaba en sus películas ... luego de la noche del estreno y leyendo lo que le atribuían los críticos en los periódicos a la mañana siguiente).

Asimismo, nuestro cineasta ha hecho un salto cualitativo en su producción y no solo escribe en cuanta publicación se le pone al alcance solicitándole notas, sino que también publica libros que son éxitos de ventas en todo el mundo (2002 y 2004). En realidad, sus notas periodísticas, las entrevistas que concede y los libros que publica resultan ser imprescindibles a la hora de comprender de un modo más acabado las imágenes fílmicas que propone al espectador en sus documentales. De tal suerte, por ejemplo, que con la lectura de su último libro (Moore 2004) es posible comprender los intríngulis de las alianzas políticas y económicas de Bush y sus compinches de aventuras bélicas con la familia reinante en Arabia Saudita. La lectura del libro permite repasar una y otra vez los datos escalofriantes de cifras multimillonarias que es posible que se pierdan al mirar solamente la película. Asimismo, por ejemplo, la imagen de un Bush estático e impertérrito durante siete minutos -tras el aviso por parte de agentes del servicio secreto que habían sido destruidas las Torres Gemelas de Nueva York por un atentado terrorista- es patética, y su lectura no permite trasuntar los alcances emocionales, tanto de Bush como del espectador, que se transmiten en el film.

Cine-libros, genial combinación

En definitiva, me permito afirmar que Moore ha logrado con su tecnología simultánea de filmar y escribir no solo los libretos de sus películas, sino asimismo libros para el gran público lector, un ensamble que es de sumo interés y de un aporte incalculable para alcanzar una combinación exactamente perfecta entre imágenes cinematográficas y el texto escrito.

Como conclusión vale señalar que la obra de Moore -tanto la cinematográfica como la escrita- ha servido, en conjunción con hechos políticos que saltan a la vista hasta para el más desprevenido. Aunque no nos llamemos a engaño, John Kerry no era mucho mejor que Bush. Los dos representaban los intereses imperio-capitalistas. Desgraciadamente, buena parte de los iberoamericanos nos hicimos ilusiones de que nuestra condición se vería favorecida con la derrota de Bush y nos equivocamos de cabo a rabo. Ellos son el mismo perro con diferente collar. Efectivamente, con seguridad que un gobierno constituido por palomas anidadas en la Casa Blanca no se lanzarían a las aventuras bélicas como aquellas a las que nos tiene acostumbrada la familia Bush, pero también es cierto que nosotros les importamos solo a la hora de ganar el voto hispano en las elecciones. Después, nos dejan librados a nuestra suerte que no es otra que la búsqueda de la separación de nuestra América de la América de los otros, la de ellos, que pretenden usarnos para vendernos su basura excedente mientras se llevan las riquezas de nuestras tierras.
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