Antes de la asamblea estaba muy, muy desanimada. El próximo martes vuelvo a tener servicios mínimos y todavía tengo muy presente lo que vi la última vez: chicos y chicas que pasan toda la jornada en el salón de actos, otros y otras que llevan ya muchos días en casa…
Como profesora, sé que el instituto es un lugar muy importante para su aprendizaje, pero también para su socialización, para aprender a relacionarse y reconocerse entre iguales, para cambiar de ambiente y salir de casa, donde a veces las situaciones son muy conflictivas, para conocer otras realidades…
En fin, soy profesora de Matemáticas, pero tengo muy claro que en los centros educativos hacemos mucho más que enseñar Matemáticas.
Por eso, antes de la asamblea, estaba a punto de abandonar la pelea por unas condiciones más dignas en la educación pública.
Pero allí, además de escuchar todas las intervenciones, tuve la oportunidad de hablar con otras compañeras —¡cuánto se aprende de las compañeras, por cierto!— y de reflexionar.
Y me hice una pregunta: ¿qué parte de responsabilidad tengo yo en que no pueda volver a mis clases, que tanto echo de menos?
La Administración ni siquiera se ha sentado con nosotras. Ni siquiera se ha dignado a escucharnos. Y no es solo que tenga la competencia para hacerlo, es que tiene la obligación de negociar. El artículo 8.2 del Real Decreto-ley 17/1977, de 4 de marzo, sobre relaciones de trabajo, establece que:
«Desde el momento del preaviso y durante la huelga, el Comité de huelga y el empresario [...] deberán negociar para llegar a un acuerdo».
¿Cómo puede ser que quienes tienen la responsabilidad de garantizar la educación pública ni siquiera se sienten a escuchar a quienes la sostenemos cada día?
Creo también que de alguna manera estamos siendo generosas. Estamos poniendo nuestros cuerpos y nuestros salarios para defender la educación pública. Estamos dando una pelea a largo plazo para evitar que se sigan derivando recursos y alumnado a la privada, como está sucediendo con la FP y la universidad, y para que la educación pública no acabe convirtiéndose en un espacio marginal, sino que cuente con los recursos suficientes para poder enseñar con calidad.
Porque no estamos luchando solo por nuestras condiciones laborales. Estamos luchando por la educación pública que queremos y que nuestro alumnado merece.
Por eso, esperamos en esta lucha a todas las personas afectadas: familias y alumnado. Esta pelea también es vuestra.
Seguimos. Esta huelga la vamos a ganar.