Opinión

Los aniversarios editoriales: la “ceguera” del editor conservador

Juan Pablo Mateos Abarca | Miércoles 22 de octubre de 2014
No se enteran o no quieren enterarse. Celebran números “1.000” y que vengan otros mil…No se adaptan a un mercado floreciente y lleno de oportunidades.

Viven por y para un papel que tiene sus años contados y todo lo que sea sacarles de ese sueño de Morfeo les provoca animadversión.

Son los editores conservadores, dinosaurios que crearon editoriales de éxito cuando la imprenta era el proceso multiplicador de la información por excelencia.

Se tacha a los “gurús” del futuro de los medios, que afirman y rubrican que las nuevas tecnologías son la base de la nueva era, de catastrofistas, vehementes, agoreros, pesimistas, inventores, profetas de la nada y advenedizos oportunistas que se suben al carro de las nuevas ideas que ni siquiera ellos tienen el mérito de haber generado.

Y no es cierto. No lo es por múltiples razones. El editor coyuntural, que surge del momento o de la crisis, opta por Internet. El editor circunstancial, que nace de una atmósfera tecnológica, opta por Internet. Y el editor conservador, hijo de las rotativas o las imprentas planas, cuya satisfacción máxima es ver su nuevo número y oler su aroma de árbol fenecido, no consigue adaptarse al nuevo medio, no tiene tiempo, o ganas o edad para cambiar.

El empresario informativo anclado en el pasado tiene un perfil tan definido como cualquier otro estereotipo social. Suele haber creado la empresa hace entre 20 o 40 años, en el “boom” democrático de la transición española, cuando tener un medio de comunicación independiente era un deber y una necesidad, no una elección. Ha pasado etapas de éxito publicitario y crecido, aumentando su plantilla y audiencia, hasta abarcar un nicho de mercado sólido y estructurado. Tiene clientes fieles que apoyan su producto y campañas rancias y estables que le permiten mantener el sistema.

Pero algo empieza a notarse, algunas agencias piden que les enseñen sus tarifas On-Line; en ese momento, el editor no comprende por qué un anunciante solicita lo que el considera un “sub-producto”, cuando tiene una magnífica revista barnizada, a lomo y de alto gramaje. Entonces su universo, concebido tras décadas de experiencia y buenos y malos momentos, empieza a tambalearse; mira las nuevas pantallas y no admite que “eso” pueda absorber su gran obra. Para él, sus revistas de maquetación ordenada, concisa, de tipografías exóticas, de creatividad lógica y excelsa, no pueden ser comparadas con el “caos” de la información modular en una pantalla, llena de cambios constantes y luces mareantes. No concibe que se produzca un cambio tan brutal, que afecta a las vigas maestras de su concepción del periodismo, de la editorial y del negocio publicitario.

Se siente superado y, si tiene flexibilidad suficiente, se apoya en asesores que le indican el camino, le guían en ese “nuevo mundo” digital. Si no la tiene, se agarra a sus productos, intenta convencer al tiempo, inexorable, de que nada ha cambiado. Pero la realidad le desmiente, lucha por que sus anunciantes no pidan algo que considera secundario y poco elegante, casi intrascendente, y no lo consigue; al final, cede, con la mirada perdida, pensando “¡qué tiempos aquellos…!”, mientras acaricia la tapa dura de su última edición.

Juan Pablo Mateos Abarca

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