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Estrategias comunicativas para una masacre (Parte II, de II)

Genaro Carotenutto // Fuente: www. saladeprensa.org

miércoles 22 de octubre de 2014, 12:37h
A las motivaciones psicosociales hay que sumar otro elemento: los británicos han sido conducidos a revivir uno de los momentos más gloriosos de su historia, que sienten parte positiva de la idiosincrasia nacional. Con el “efecto Churchill”, que Tony Blair ha citado repetidamente, la sociedad ha sido llamada a la misma compostura mostrada frente a los bombardeos nazi en plena segunda guerra mundial. La mitad Este de la ciudad fue completamente destruida, hasta Buckingam Palace fue golpeado dos veces, y sin embargo la imagen que el país quiso dar fue de absoluta normalidad, con teatros y restaurantes llenos. Son los ingleses que no se hicieron invadir los que se pretende reproducir hoy.

A estos elementos, en su mayoría positivos, ha sido necesario ofrecer algunos elementos colaterales de tergiversación para completar la imagen ofrecida a la opinión pública interna o internacional. Blair, como Bush, han manipulado la interpretación de los atentados como consecuencia del presunto compromiso del G8 a favor de África. Como para su excómplice Aznar, no era conveniente conectar los muertos de Madrid y Londres con los muertos de Bagdad. En estos días miles de opinólogos en todo el mundo repiten de manera taladrante este mensaje: Irak no tiene nada que ver. Es el mismo mensaje del 11 de septiembre: ¿por qué nos odian tanto? La BBC, dócilmente, durante toda la tarde del día 7 contribuyó a proyectar esta imagen hasta atribuir repetidamente los atentados de Madrid a la voluntad de Osama Bin Laden de reconquistar la península ibérica después de la caída de ésta en 1492.
Es un testimonio que contribuye a desvirtuar la imagen de la BBC de órgano autorizado y independiente. Conforma otra, de órgano tendencioso y parcial. Si Madrid 2004 fue la venganza por la caída del Reino de Granada y Londres fue contra las ayudas a los niños hambrientos de África, podemos temer que algún día a la autorizadísima BBC convendrá atribuir la caída de las Torres Gemelas a los indianos Mohawks, que poblaban Manhattan hasta el siglo XVII.

Un misterio anticristiano
En la tarde del jueves, los observadores más atentos, percibieron como un terremoto el primer comunicado salido desde el Vaticano sobre los atentados de Londres. A las 13.45 las agencias atribuyen al Papa Joseph Ratzinger, en una carta al cardinal de Londres Murphy O’Connor, la definición de “anticristianos” para los atentados.

Es un giro de 180 grados respecto a la política de su predecesor, Karol Wojtyla. Este había rechazado en todo momento la idea del choque de civilizaciones y religiones impulsada por los neoconservadores y los gobiernos anglosajones. Tanto después del 11 de septiembre 2001 y del 11 de marzo 2004, como frente a las agresiones a Afganistán y Irak, Juan Pablo II había sido la voz más alta en distinguir claramente entre los presuntos responsables de atentados y el Islam como religión y oponerse a las guerras desautorizando la tentación de muchos en los dos bandos de presentar las guerras como conflictos interreligiosos y evitar que el mundo musulmán pudiera considerar todo el mundo cristiano como agresor.

En pocos minutos el comunicado da la vuelta al mundo, se reproduce y llega a la boca de miles de políticos y comunicadores que no esperaban otra cosa para martillar –con bulla pontificia– sobre la guerra declarada por el Islam a toda la cristiandad. A los pocos minutos el Vaticano publica la carta en el sitio internet. A la palabra “anticristiano”, se sustituye el término “barbárico”, totalmente neutral. No hay ninguna desmentida ni nada que agregar: para el comunicado oficial los atentados no fueron anticristianos sino barbáricos. Si fue un error es un desastre, quizás el más grave en décadas de parte de la diplomacia vaticana y silenciosamente alguna cabeza rodará en la oficina de prensa pontificia. Sería una muestra de frivolidad que podría tener consecuencias gravísimas sobre la autoridad del Vaticano mismo como mediador en los conflictos que involucran a Oriente Medio y el mundo musulmán. Si fue un ballon d’essai estaríamos a la víspera de un cambio insólito, radical y peligroso de la diplomacia vaticana con el nuevo pontífice. La interpretación que se puede dar es que Benedicto XVI no descarta que, en el caso se hagan endémicos los atentados en Europa, pueda hacer una plena elección de campo a lado de las potencias occidentales. No sabemos aún si Ratzinger tenga la vocación para ser un nuevo Urbano II o Inocencio III, los papas que proclamaron la primera y la cuarta cruzada en 1095 y 1198. Sin embargo, sabemos que por un lado la idea de Occidente y de las raíces cristianas de Europa están profundamente arraigadas en su pensamiento, y por el otro que todo el discurso vaticano sobre Londres –a pesar del desliz “anticristiano”– siguió sigilosamente los pasos conciliatorios de su predecesor.
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